Publicado el 20 Febrero, 2012 a las 7:44 pm

La guerra a comenzado y con ella las paradojas de la propiedad: internet y ley SOPA.

Nota de Metiendo Ruido: Hoy el mayor servicio mundial de descarga directa "Megaupload" ha sido cerrado en una operación coordinada en todo el mundo y llevada a cabo por el FBI. Algunos hablan del primer paso en una operación mundial de restricción del flujo de información y de las libertades civiles a través de la ley SOPA. Mega colosos de Internet se han opuesto a la medida como por ejemplo Facebook y Google. Sin embargo, ¿que se esconde tras el supuesto llamado a proteger la "libertad de la información" que pregonan estas Mega-empresas que muchas veces colaboran con los gobiernos al suministrarles información, mismos gobiernos que ahora están en su contra?. Estamos frente al choque de dos gigantes: Los Estados en busca del super-control ideológico de los individuos y las Mega-empresas de Internet que ven vulnerados sus negocios. Entre esta guerra estamos todxs nosotros y la enorme red de contra información que día a día aumenta en el mundo. El tema central de toda esta disputa es el asunto de la propiedad y veremos como tanto Facebook, google, las disqueras y los Estados la protegen y la avalan. La propiedad es un robo, pero esta realidad aun no se instala en el debate, ese es quizás una de las mas grandes labores que deben encauzar las redes anticapitalistas mundiales.


El 18 de enero de 2012 se produjo un episodio inédito. Tiempo antes, un grupo de corporaciones internacionales de “servicios IT” agitó la idea de un lock-out en contra de dos proyectos de ley en Estados Unidos que afectan claramente sus negocios: la ley S.O.A.P. (Stop Online Piracy Act) y la ley P.I.P.A. (Protect IP Act). La campaña previa hizo eco en incontables usuarios de internet, movilizados en contra de las leyes restrictivas en el uso de la “red de redes”. Sin embargo, las corporaciones no hicieron el lock-out porque no estuvieron dispuestos a gastar tanto dinero. Después de todo, se trata de un asunto de guita. Lo que sí fue inédito, es que muchísima gente, incluyendo empresas como WordPress o fundaciones como Wikipedia, manifestaron su protesta, en algunos casos dando de baja el servicio. La extensión de la protesta es incalculable, y parece haber sido verdaderamente masiva.

Si se pone uno a indagar acerca de los discursos que movilizan a tanta gente en contra de esta clase de restricciones legales, se advierte pronto una paradoja muy interesante. En efecto, muchísima gente y, principalmente, las grandes corporaciones, reaccionan en defensa de los derechos al libre acceso a la información. Este derecho, no obstante, es en tantísimos casos una excusa, un eufemismo que esconde el mismo derecho que reclaman las otras corporaciones, las que promueven las restricciones legales en cuestión, y es la base, en términos económicos, del actual estado de cosas: la propiedad.

En nombre de la propiedad intelectual, las corporaciones que se han apropiado de los derechos de autor de ciertas producciones, reclaman que se vigile la distribución gratuita de los contenidos que, según ellos, les pertenecen. Son los mismos derechos que reclaman las corporaciones farmacéuticas o las agropecuarias, y que resultan en el cruel encarecimiento internacional de alimentos y medicinas, entre tantísimas otras aberraciones sociales.

Por otra parte, las otras corporaciones, reaccionan en defensa de los negocios que realizan con la interactividad libre en internet, negocios que se constituyen a partir de la propiedad sobre las herramientas que, según ellos, les pertenecen. Hay quienes reclaman también que se defiendan los derechos de propiedad intelectual, pero sin afectar la evolución de sus negocios.

¿Sobre qué se cimientan los negocios de corporaciones como google, twitter, facebook o yahoo? Son modelos cuyas derivas nacen de la intermediación en las relaciones humanas a través de plataformas informáticas. En otras palabras, son propietarios de un conocimiento que se adquiere a partir del seguimiento del comportamiento individual y colectivo. Ese conocimiento se vuelve altamente valioso, en términos comerciales, en función de la publicidad y de las estrategias de mercadeo[1]. Imaginemos una empresa que nos provee de servicio telefónico a cambio de permitirle grabar todas nuestras conversaciones, extraer de ellas datos comercialmente relevantes y apropiarse de ellos para ponerlos en valor en el mercado. O una oficina de correos que lea todas nuestras cartas para extraer de ellas información rentable. Estas empresas hacen exactamente esto, sólo que con la silenciosa e intangible rutina de las bases de datos informáticas.

Por lo tanto, tenemos aquí una confrontación de grandes corporaciones que se nutren de las poblaciones con la voracidad de los vampiros, donde se cruzan intereses muchísimo más poderosos que el espíritu de confraternidad que anima la colectivización de bienes culturales. Es la confrontación paradójica de propiedad vs. propiedad. Y no es una paradoja menor. La informatización masiva generó un nuevo contexto social, a tal punto que ciertas formas vigentes del resguardo de la apropiación de la riqueza social se están volviendo ineficaces. Los multimillonarios negocios de ciertas corporaciones se enfrentan a los multimillonarios negocios de otras, lo cual genera una tensión que, en todos los casos, se hace en nombre del sacro derecho a la propiedad privada, y está forzando una transformación global de las industrias culturales.

De modo que quienes manifestamos nuestro rechazo a tales leyes, a sabiendas de que esas leyes afectarían el uso de internet en todo el mundo, debemos hacer también el esfuerzo de pensar por qué nos oponemos a ellas y, especialmente, cuáles son nuestros argumentos.

Siguiendo, pues, este ejercicio, comenzaré por el principio: la propiedad es un robo. ¿En qué consiste ese robo? en la consagración del derecho de impedir a otros el uso de algo por el puro hecho de haberlo adquirido. En otras palabras, lo producido por la comunión de capacidades históricas y contemporáneas de una sociedad, resulta negado a la sociedad en su conjunto, en virtud del consabido derecho de propiedad que privilegia a una parte de esa sociedad.

Si se lo piensa bien, la propiedad es un derecho a la prohibición sobre algo que no se necesita. Consiste, precisamente, en tener la potestad de “privar” a los demás del uso de algo, o sacar un beneficio por la cesión circunstancial de ese uso (léase renta). La propiedad trasciende la posesión y trasciende la necesidad; solamente entra en juego a la hora de impedir que alguien use algo que el propietario no usa.

Lo que quiero plantear aquí es que toda la discusión acerca de la regulación de internet está mal planteada desde el momento en que está basada en la propiedad como derecho personalísimo, tanto de parte de quienes promueven la regulación como de parte de muchos de quienes la rechazan. Y esto ocurre porque la contradicción de los derechos de propiedad aparece como un indecidible que marca una novedad en la situación actual, en vistas de la informatización masiva. Esta novedad, en tanto indecidible, obliga posiciones nuevas.

Cuando digo indecidible, me refiero a la imposibilidad de determinar si lo que ocurre (en este caso, la libre propagación de contenido cultural en internet) pertenece o no a la situación actual, según su regulación interna (en este caso, la situación económica regulada por la legislación vigente). Estamos ante lo que se llama, muy precisamente, un vacío legal. Este vacío aparece en virtud de la paradoja del derecho de propiedad, que defiende ambas partes en conflicto. Siendo que la situación actual (el marco regulatorio vigente) no puede decidir acerca de esta paradoja, es que aparecen nuevas decisiones que habrán de modificar la situación, aunque más no sea para que todo siga como está. Por un lado, hay quienes buscan anular la novedad reestructurando la legislación de forma represiva. Por otro, hay quienes buscan proteger los derechos de propiedad intelectual sin dar paso a un marco regulatorio que iría en contra de sus propios intereses. Y es que la “libertad” en el uso de internet es lo que permite un flujo de información fabuloso, infinitamente generoso para pescadores de río revuelto como google y las otras.

Sin embargo, con todos sus peros (que son muchos) internet es actualmente no sólo la vía de comunicación y de acceso a bienes culturales más extendida de la historia humana, sino también la menos desigual. Con todas las desigualdades que le son propias, es la primera vez en la historia en la que una corporación gigante tiene eventualmente la misma entidad que el más insignificante de los usuarios. No digo las mismas condiciones. Es evidente que las condiciones son tan desiguales como en cualquier orden de la sociedad. El punto es que internet habilita a la publicación de voces que, en otros órdenes, son completamente sordas, al punto que ha tenido una relevancia fundamental en el desarrollo de los últimos acontecimientos políticos y en la internacionalización de los conflictos sociales, así como en el flujo de contrainformación. Actualmente, internet habilita a que cualquier persona con acceso a ella, sea singular o colectiva, pueda ser conocida y contactada. Esto no es un detalle. Sin exagerar, considero que internet es el segundo gran salto de la humanidad después de la invención de la imprenta, en lo que a comunicación pública refiere.

Por otra parte, el desarrollo colectivo de las tecnologías informáticas ha extendido ciertos criterios de colaboración propios de las ciencias, que abrieron, en el seno mismo del capitalismo, un territorio de conflicto a partir del código abierto[2]. Esta forma de producción, distribución y consumo de herramientas informáticas puso en jaque a la industria y es muy probablemente la matriz de lo que hoy vivimos como la paradoja de la propiedad en internet. El código abierto dio lugar a la creación Software Libre y de las licencias Creative Commons, destinadas a promover el uso colectivo de las producciones culturales, y se extendió como un virus en contra de las formas tradicionales de administrar la propiedad.

De estas experiencias brota una inquietud extendida acerca de las formas de cooperación social y alternativas para la producción, distribución y consumo de bienes, que quienes estamos convencidos de la necesidad de abolir la propiedad no podemos sino celebrar. Y aquí aparece lo bueno: entre primeros y segundos, hay un infinito.

Hay una otra posición que, sustrayéndose a los términos de la paradoja, está extendida entre los usuarios sin voz ni voto. Es, una vez más, la errática aparición de un nosotros que dice que la paradoja no está producida por la aparición de un vacío, sino que la aparición de ese vacío es la marca de una inconsistencia en la regulación social. En otras palabras, nosotros decimos que es precisamente la inconsistencia de la propiedad, en tanto eje regulador del uso colectivo de la producción social, lo que está en juego aquí. Es preciso, entonces, dar cuenta de la novedad y sostenerla en virtud de una transformación social que implique no la renovación de la regulación existente, sino una modificación radical de nuestro pensamiento colectivo acerca de la producción, distribución y consumo de bienes económicos, sean estos tangibles o no.

Quienes tenemos por principios la igualdad, no podemos sino hacer eco de ese nosotros. El eco repite la misma sentencia: la propiedad es imposible. La propiedad es la falsación del principio de igualdad en términos económicos.  En otras palabras, para que se verifique, en las relaciones económicas, el principio de igualdad, es necesario abolir la propiedad.

Es preciso discernir claramente entre la igualdad asociada al derecho, y la igualdad como principio. El derecho es la argumentación de la fuerza. El más fuerte hace las leyes, y sin fuerza no hay derecho que valga. Así es como los proyectos de ley para la regulación restrictiva del uso de internet, no han sido sancionados hoy. Las corporaciones que ven afectados sus intereses con esos proyectos han logrado imponerse (por ahora) frente a las otras. Como siempre, se argumenta en nombre de la igualdad ante la ley. Se dice: “los derechos de los ciudadanos deben ser protegidos por el Estado”. Luego, esta presunta igualdad de derechos habilitaría a las corporaciones a apropiarse de la riqueza social en proporciones exorbitantes, en nombre de la eficacia en los negocios, la capacidad de empresa, y demás aserciones liberales por todos conocidas. En definitiva, la igualdad ante la ley es la figura liberal del Estado de Derecho, que consiste en estructurar la defensa de la propiedad según modelos constitucionales que avalan la explotación (propiedad) y la expoliación (renta).

Esta argumentación no se basa en la igualdad como principio, sino en la igualdad como efecto de la regulación Estatal, es decir, una igualdad establecida por ley que ordena nuestro mundo a partir de la propiedad como constitución material del ciudadano. Es, por lo tanto, una argumentación destinada a procesos quizás igualizantes (en el menos malo de los casos), pero jamás igualitarios.

El principio de igualdad, por el contrario, declara que somos, de hecho, iguales. Las diferencias constitutivas de las identidades singulares y colectivas, no hace sino materializar esa igualdad. En términos económicos, esta igualdad habrá de verificarse en la medida en que las diferencias sean contenidas. Las diferencias constitutivas de las identidades marcan diferencias de capacidades y de necesidades. Por otra parte, existe un cambio de dimensión entre la agregación de labores individuales y la labor colectiva, que marca la necesaria reciprocidad social ante los distintos factores económicos, así como una correspondencia entre producción y consumo social. En la medida en que la propiedad establece la potestad de prohibir el uso de la producción social a una parte de la sociedad que los ha producido, interrumpe la correspondencia entre producción y consumo. Por otra parte, en tanto patrón regulador de la distribución económica, no contempla capacidades ni necesidades, sino que argumenta el derecho destinado a legitimar el privilegio y las relaciones de poder.

Un modelo igualizante (no igualitario) impondría cantidades iguales o proporcionales, de forma tal, por ejemplo, que una cierta cantidad de tiempo en el trabajo equivaldría a una cierta proporción de bienes para consumo: de todos según su capacidad, a todos según su trabajo. Un modelo desigualizante, impondría distintas proporciones, según la fuerza diferencial para obtener mayores beneficios con menor esfuerzo. Éste es el modelo actual, según el cual la determinación de bienes accesibles no se corresponde con nada más que al poder necesario para imponer un derecho y hacerlo respetar: de todos según su necesidad y a todos según su poder. Un modelo igualitario habrá de basarse en la verificación de la igualdad a partir de las diferencias: de todos según su capacidad y a todos según su necesidad.

Este último modelo es, evidentemente, el que motroiza los esfuerzos de un nosotros que sostiene que no hay forma de resolver la paradoja de la propiedad. Si los bienes de la sociedad, sean de carácter material o inmaterial, resultan precisamente de las capacidades colectivas, incluidas necesariamente las capacidades singulares, el criterio de distribución de los bienes deberá ser colectivo, en atención a las necesidades singulares. Esto obliga a pensar en la necesidad y el uso como habilitantes para la posesión, y no en la adquisición a través del intercambio.

La propiedad es, en sí misma, la negación de la realidad material de la producción económica, en tanto que, basándose en el derecho que las personas tendrían al uso de los bienes por ellas producidos, desconoce la dimensión colectiva de la producción.

¿Qué es lo que habilita a un autor para declarar que tiene derechos de propiedad sobre “su” producto? ¿Acaso cuando hago una canción no hago uso de nada de lo producido socialmente? ¿Acaso invento cada vez la música como lenguaje y me sustraigo de influencias? ¿Acaso concibo, invento y fabrico un laúd y lo modifico durante siglos para fabricarme una guitarra? Es evidente que toda producción condensa un cúmulo de producciones anteriores y contemporáneas por definición imponderables. Aún cuando la creatividad de un individuo influye de forma determinante en el producto, el producto en sí mismo no escapa a esta condición. De ahí que la propiedad intelectual no sea diferente a ningún otro derecho de propiedad, y que los beneficios obtenidos en su nombre no sean más que renta.

Debemos considerar, no obstante, que vivimos aquí y ahora. La realidad económica, injusta por donde se la mire, no excluye de la injusticia a los autores y artistas. Los derechos de propiedad intelectual son, en ocasiones, el único recurso que tiene un artista para seguir produciendo aquello que todo el mundo consume y, muy especialmente, la vía de ingresos para sufragar los gastos de su vida en una sociedad capitalista. En un mundo donde la propiedad regula rentas y salarios, normalmente los autores son despojados de esos derechos en beneficio de productoras, distribuidoras y editoriales, por esas empresas y corporaciones que reclaman regular internet en defensa de lo que ellos mismos no han producido. No se reclama el derecho del autor, del intérprete, de los actores, cantantes, escritores, etc., sino que se usa la figura del autor para defender el derecho que los capitalistas tienen de reproducir su capital a costas del trabajo ajeno, a costas del trabajo, entre otros, de autores y de artistas. Pero no puede ser en nombre de la renta que reclamemos justicia.

Los reclamos de artistas y autores acerca de los derechos de aquello que han producido equivalen a los reclamos salariales de cualquier trabajador asalariado. Es la fuente de ingresos en una sociedad basada en la propiedad. Es imprescindible que los autores y artistas nos organicemos para mejorar nuestras condiciones de trabajo, para enfrentar las injustas condiciones a las que pretenden obligarnos las empresas que dominan el mercado, pero es imprescindible también que la urgencia de las reivindicaciones actuales no enmascare la necesidad de cambiar radicalmente las condiciones sociales. De lo contrario seguiremos habitando una sociedad infame, la seguiremos reproduciendo con nuestro trabajo, incluso con nuestras luchas.

Por otra parte, las nuevas herramientas que la informática habilita, incluyendo principalmente internet, contribuyen al desarrollo autónomo de autores y artistas, y potencian las posibilidades de generar proyectos colectivos autónomos, esto es, independientes de las grandes estructuras comerciales. Si bien esto es aún difícil, es muchísimo más factible que antes. Es, de hecho, posible.

De modo que estamos en una situación inédita cuya potencia consiste en que la paradoja de la propiedad, visibilizada por multimillonarios intereses corporativos y empresariales, abra el impasse en el que la organización y las ideas emancipativas promuevan la profundización de una falla que en la estructura económica se advierte en la aparición de este vacío. Esta profundización consistirá en la promoción, por todos los medios posibles, de nuevas formas de circulación de bienes económicos y culturales, y en la creación de organizaciones autónomas destinadas a mejorar nuestras condiciones de trabajo.

La oposición a las leyes restrictivas para la regulación de internet, no puede confundirse con la promoción de leyes “blandas” de protección de los derechos de autor. Es la organización de los trabajadores (autores, artistas, operarios, etc.) la única vía de imponer, frente a la tiranía del derecho, las mejoras necesarias en nuestras condiciones de trabajo. Y es asunto de las poblaciones del mundo darnos las herramientas de organización que impidan que capitalistas y representantes decidan por nosotros y se apropien de lo que es, indudablemente, producido por la sociedad.

 


[1] Deliberadamente dejo a un lado la potencia política que tienen estas intervenciones y los posibles negocios que estas empresas puedan tener con las agencias gubernamentales, asuntos difíciles de constatar, pero fáciles de suponer, y que, en cualquier caso, quedan fuera de las intenciones de este artículo.

[2] Código abierto es el nombre de una práctica que consiste, sencillamente, en compartir lo producido para dar lugar a producciones colectivas que tienden a mejorar técnicamente cada herramienta. Es una visión técnica, corroborada en la práctica, que destaca el beneficio diferencial del trabajo colectivo por sobre el trabajo individual. Se alienta, de esta manera, el uso libremente compartido del producto de la libre asociación y del esfuerzo colectivo.

Escrito por Hernun

Extraido de http://entornoalaanarquia.com.ar

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Publicado el Lunes 20 Febrero 2012 a las 7:44 pm
4 amiguitxs comentaron

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Comentarios

  • ozmar

    a la mierda con esa ley estupida SOPA..

  • hernún

    me alegra que hayan encontrado intersante el texto, y que lo compartan. agradecería que citen la fuente original. salud, hernún.

  • hernún

    perdón. no ví el tremendo enlace. gracias! y, si pueden. borren el comentario.

    • Metiendoruido

      No te preocupes, abrazos y gracias por este buen aporte!

      saludos desde la region chilena!

 

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