Publicado el 16 Febrero, 2012 a las 4:40 pm

Los rostros ocultos de la catástrofe forestal en la Araucanía: el AGUA como foco de lucha

Cuando se hacía un recuento de los incendios registrados en la Araucanía durante el mes de Enero del presente año, la cobertura mediática centraba todas sus fuerzas en comunicar la lamentable muerte de siete brigadistas que fallecieron apagando el incendio registrado en el fundo Casa de Piedra propiedad de Forestal Mininco (CMPC), el cual, según palabras del vocero de gobierno y del ministro del interior se debía a un ataque de comunidades mapuche, específicamente de una clara acción de la coordinadora Arauco Malleco (CAM). Una vez desmentidas dichas acusaciones por medio de un comunicado de Hector Llaitul, preso en la cárcel de Angol, el foco noticioso de la prensa burguesa restó importancia a otros incendios también registrados en la novena región.

En los últimos días tuvimos la oportunidad de compartir con las comunidades de campesinos y campesinas, pequeños/as propietarios/as afectados por los incendios forestales de la región de la Araucanía, específicamente en la localidad de Trovolhue comuna de Carahue, en el sector de Los Laureles, Rinconada Los Laureles, Los Embanques y Aiyinco. En su mayoría las familias se agrupan en torno a Comités Campesinos, los cuales han jugado un rol fundamental en formular sus demandas, las que están determinadas por su condición de campesinos/as pobres, dedicados casi en forma exclusiva a la producción de astillas para combustión, metros ruma y carbón.

Por esos días, la población se encontraba temerosa, ya que la PDI buscaba responsables, y todas las miradas apuntaban a un vecino, quien por hacer carbón, su única fuente de ingreso, sumado a las condiciones del tiempo, altas temperaturas y fuertes vientos, habrían provocado y propagado los incendios. Pero individualizar el siniestro no es explicación suficiente para los y las campesinos/as quienes tienen claridad que es el modelo forestal en su totalidad el que falla, “fue un accidente de trabajo, le pasó a un vecino, le pudo haber pasado a cualquiera, ese no es el problema, el problema es que aquí estamos encerrados por las forestales y cualquier brote de fuego nos quema todo”.

La imposibilidad de apagar los incendios a tiempo, la sequía de sus vertientes y la monoproducción de sus vidas esclavizadas a la madera, hacen que sean las forestales las grandes culpables, que por no respetar la legalidad, tan precaria por lo demás, ubican pinos y eucaliptus en las cabeceras de los nacimientos de agua, fumigan con elementos tóxicos, no respetan la cantidad de metros de cortafuego que deben mantener de distancia de las casas, pero que por sobre todo, perpetúan un modelo de producción que empobrece y no brinda ninguna oportunidad para los hombres, mujeres , niños y niñas de ese rincón perdido de la Cordillera de Nahuelbuta.

Al igual que los y las campesinos/as de Quillón estas comunidades ven como insuficiente la acción asistencialista del Estado, quienes vienen a tapar una situación insostenible de abuso por parte de la industria forestal. “Nos piden a nosotros que cuidemos el medio ambiente, pero a las forestales no” fueron muchas de las reflexiones desesperadas de los pequeños/as propietarios/as, quienes trabajan entre los meses de Noviembre a Marzo para después “hacer un pedido de almacén y guardarse todo el invierno”.
Las distancias de los hogares son enormes una de otra, sin embargo, una vez que cada familia “del más chico al mas grande” ayudó a apagar los incendios, comenzaron a reunirse nuevamente. El Comité Campesino de Montaña, formado hace aproximadamente tres años, centra sus demandas en torno al más básico de los recursos: El agua.

Las conversaciones con las autoridades han sido precarias, no han logrado resolver ninguno de los problemas que presentan las comunidades “La forestal no respeta las leyes ni las normas que deben tener, es por eso que nosotros luchamos y le damos la pelea a las forestales, plantan donde les da la gana sin respetar las fuentes de agua, plantan cerca de las norias de agua, y tampoco respetan la normativa de plantar cerca árboles nativos” fue una de las reflexiones de la dirigenta del comité, señora Graciela Gajardo.

Esto no es un bosque, es un monocultivo.

Acorralados por las forestales, las mujeres son especialmente afectadas debido a que la falta de agua influye directamente en su incapacidad de ayudar en sus hogares mediante huertas y chacras familiares, las cuales se secan y no dan frutos. Sumado a esto, el miedo de vivir al lado de las plantaciones forestales, potenciales incendios, es un terror constante, el cual se agudiza en los meses de verano. Y la única salida al conflicto que han ofrecido las forestales en el sector es comprarle los pequeños terrenos a la gente “para ellos la solución es echarnos, y mandarnos a vivir a la ciudad, siendo que ellos no saben lo que significa para nosotros vivir en el campo”.

El único y tal vez el más fuerte bastión de lucha que poseen estas comunidades está dado por la organización que de forma autogestionada logran levantar, pero que debido a su aislamiento, y la pobreza material y cultural que las forestales han sembrado en sus vidas, no han logrado mostrar su precaria realidad, invisible a nuestros ojos. A pesar de esto, la solidaridad entre vecinos/as logra ser el pilar de su discurso político, un discurso que flaquea ante las acción del poder forestal amparado por el Estado, todos impedimentos para que sus reclamos desesperados sean escuchados.

Escrito por Geanina Zagal y Patricia Retamal

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Publicado el Jueves 16 Febrero 2012 a las 4:40 pm
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