Publicado el 24 Marzo, 2012 a las 4:07 pm

EL CASO DANIEL ZAMUDIO O LA VIOLENCIA COMO MERCADERÍA


El hecho que los autores de la brutal golpiza del joven Daniel Zamudio  sean o no neonazis tal vez sea la última reflexión que haya que hacer respecto al violento acto resultando incluso casi intrascendente. La (pseudo) ideología sostenida por esos horrorosos delincuentes bien podrían ser fascista, neofalangista o comunista bolcheviques, así y todo el orden de estos factores no alteraría este terrible producto.

Como causal directa se intenta vincular esta exótica ideología política (neonacional socialismo chileno) con las agresiones a homosexuales gay o lesbianas, bisexuales transexuales o travestis, cuando en rigor la causa inicial es la práctica de propia violencia validada casi por nosotros mismos.

Daniel Zamudio es el joven violentamente agredido por tener una opción sexual no heteronormada

A partir del golpe de estado de 1973, realizado por los militares y planificado por esta misma derecha que nos gobierna, la violencia pasa a ser el plato de fondo de una fagocitaria sociedad desmembrada. La persecución política, la tortura metódica y sistemática, la exclusión tácita y la sanción moral pasaron a ser parte de la institución estatal y desde allí a presentarse como una forma válida de expresión social.

La mínima justicia social respecto a las violaciones de los derechos humanos (en especial los que conciernen al asesinato y la tortura, esto sin referirse aun al ejercicio de la discriminación), lo risorio de las eventuales condenas, las franquicias de los encarcelamientos y la plena libertad de la apología a la violencia política han mellado hondo en el inconsciente colectivo haciendo que el discurso de la violencia se valide y la propia violencia se legitime.
Homenajes a militares condenados, fuero televisivo a sacerdotes fascistas, inmunidad discursiva de alcaldes ultraderechistas citan un buen precedente para hacer del ejercicio de la violencia una expresión política y social de manifestación común.
La violencia ha sido un delicioso canapé en el solapado festín brutal de la fanaticada religiosa. El discurso de un dios todopoderoso y excluyente (que al fin y al cabo no es más que la idealización del propio deseo de poder autoritario y excluyente del marchante feligrés) abunda en las manifestaciones convocadas por sectores religiosos. Propuesto o no, el fin de esas manifestaciones no puede ser otro, se enfatiza, no-puede-ser-otro que un tácito llamado a la ejecución crímenes de odio contra los ciudadanos homosexuales. Cuando se marcha en contra de las leyes de discriminación, del matrimonio homosexual o de las libertades de opción sexual, no se marcha, en el fondo, en contra de la homosexualidad ni siquiera de los homosexuales, se está marchando a favor de la legitimación los agresores y la violencia. En el nombre de dios se le levanta un templo al demonio.

El ciudadano común, en su formación, tampoco tiene muchas formas de evaluar que el ejercicio de la violencia en contra de los demás no es la manera correcta de socializar. En educación los alumnos gay, lesbianas o trans no han dejado de ser “los anormales”, “los antinatura” o  “los invertidos” de siempre. Son tema central en los consejos de profesores en cuyas cofradías se intenta inútil y desesperadamente buscarle solución a “este problema”. Son el menú favorito de los antojadizos “reglamentos internos”, vulgares decálogos morales emanados de la mente obsoleta de sostenedores, directores e inspectores. Es prácticamente inexistente la aplicación de un programa de educación sexual en estas materias y el alumno LGTTB termina con la madre llorosa haciendo la fila en una consulta de un psicólogo particular para tratar la anormalidad en cuestión, ambos a modo de castigo. Al final al final los y las jóvenes terminan siendo incluidos por sus propios compañeros en virtud de la cercanía, la amistad o porque sencillamente entienden el fenómeno mejor que toda la institucionalidad.

En la parrilla televisiva abunda la caricatura de la homosexualidad destinada especialmente a hacer la mofa del cola lujurioso y falto de ceso para provocar la risa sobre quizás que cosa. El homosexual televisivo jamás habla de sexualidad y es lo más parecido a un heterosexual “normal”. La violencia también se ejerce desde el silencio y la invisivilizazión, que en el fondo son otras formas de exclusión.

En el plano laboral los despidos y la persecuciones termina por hacer de cualquier trabajo un infierno, acabar con carreras profesionales y generar cuadros de estrés y depresivos en los individuos que padecen este “terrible enfermedad”.

En el espectro político ni hablar, la sola mención de la opción sexual de cualquier candidato termina mellando cualquier carrera política. En el mejor de los casos son instrumentalizados para una candidatura determinada en donde la bienaventuranza para esta “minoría que todos comprendemos y queremos integrar” se acaba cuando se raya el voto.

La violencia es en el fondo la expresión primera y última del capitalismo desenfrenado. Primera en el entendido de la necesidad imperiosa de capitalizar el cuerpo, sostén del proceso productivo, y asignarle categoría específica y funcional dentro de tal proceso (rol hombre-mujer). Y expresión última en el sentido de manipular, agredir, violentar el cuerpo en calidad de sostén del ideario expresivo de la conciencia.

Más que mal la homosexualidad diluye el binomio genérico heteronormado y por ende desplaza las categorías funcionales de un padrón social preconfigurado incluyendo sus relaciones de jerarquía social. En el mismo sentido pone en “peligro” la existencia del instrumento familiar como el principio de la estructura social, es decir, como base de sistema productivo liberal mercantilista, primera molécula de un órgano mayor de consumo. De ahí la defensa de una familia heteroparental tradicional y la negación a otro tipo de relaciones parentales.

En respuesta a ello, a este atrevimiento, los mecanismos de exclusión y represión de dichas manifestaciones pareciera ser un fin inevitable. Al igual que en dictadura el hecho de no poder capitalizar las conciencias lleva, por consecuencia lógica, a la transgresión de su soporte: el cuerpo. La rebeldía de los cuerpos como reflejo de la autodeterminación de la conciencia se paga caro y motiva la reacción inmediata de una represión capital, hasta reducirlo a su expresión primaria de cosa, tal como una mercancía es decir administrable y desechable. La violencia ejercida sobre Daniel, obedece a aquello, el intento desesperado de la negación de un imposible y la reducción de una persona a un objeto de intervención y castigo.

Seguramente ese valiente grupo de neonazis (o lo que fueren) en su loco afán de reestructurar un equívoco orden social no cae en estas reflexiones y considera un triunfo su cobarde accionar. Alimentados con una buena dosis de películas afines, un Mi Lucha de cuneta arbitrariamente mal entendido, exceso de autocomplacencia y mucho mecanismo de compensación van a la caza de sus presas preferidas. Con inmediatismo y estupidez excesiva creen que su accionar higienizante trasforma la realidad positivamente a favor de su imaginaria pirámide social. Con mucha ingenuidad y harto de mesianismo se autoconvencen que le hacen un favor al gran poder y que serán validados por éste sin jamás sospechar que son su mejor instrumento para la manutención del status quo.

Desde una cómoda plataforma el gran poder llora consternadamente el maléfico accionar y asegura, con harto desgano, el ejercicio de las libertades individuales y de la justicia por igual, sólo de palabra, a la vez que deja abierta todas las llaves, legales y no legales, hasta la inundación social y la muerte por asfixia. El trabajo sucio lo hacen otros y es gratuito.

Mientras tanto un joven torturado se debate entre la vida y la muerte al interior de una pecera rebosante de buenas intenciones.

Escrito por Condemarzo

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Publicado el Sábado 24 Marzo 2012 a las 4:07 pm
2 amiguitxs comentaron

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Comentarios

  • Forever insomne

    Buen artículo, es cosa de ver a tod@s l@s hipócritas en Redes Sociales ‘solidarizando’ cuando cotidianamente se hacen parte y reafirman la cultura de género y el miedo (expresado en violencia) hacia lo distinto…

    Bien por metiendoRuido, siempre viendo bajo el agua!

  • Quijada

    a todos… el Caso Zamudio es la mayor manipulación que a sucedido en los últimos años!!!
    Hay un vídeo en dos pares q muestra tal manipulación.
    Búsquenlo por “Caso Daniel Zamudio 1 de 2 y Caso Daniel Zamudio 2 de 2”

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