Publicado el 30 Mayo, 2012 a las 2:47 pm

Beso los muslos de Orko Maman esperando la Última Ola

NOTA: A Orko Mamán se la describe como una mujer delgada y hermosa, que peina sus cabellos de oro sentada en la puerta de su cueva. Suele premiar a quienes respetan la vida y la Naturaleza. Según la tradición quechua, será la encargada de acabar con la humanidad mediante un apocalí­ptico terremoto cuando la Pachamama decida acabar con la vida del hombre sobre la Tierra.

Las formas de la vida son infinitas e inclasificables o la vida es una categorización al servicio del hombre. Todo está vivo. La vida es una red de interrelaciones. La vida se alimenta de la vida. La vida no tiene sentido.

 
El hombre categoriza el caos, lo dualiza, en vivos y no vivos. Los no vivos serán las formas en apariencia más distintas al hombre. Y los vivos serán los que algo guarden en común con él, al menos tengan carbono en sus tejidos. Pero no todos los seres vivos categorizados por la ciencia tienen carbono en sus tejidos. Si la forma está compuesta por carbono, oxí­geno y nitrógeno, y no por metales mayoritarios, la ciencia habla de algo orgánico y no mineral. Pero la vida escapa a estas categorizaciones. No todo lo que está compuesto por esto es necesariamente considerado vivo para la ciencia, además ha de ser autorreplicante. Entonces la presencia de ADN define la vida. Richard Dawkins, autor de El gen egoista, cree haber encontrado nuevos autorreplicantes en la transmisión cultural. Tanto en el canto de los pájaros como en la cultura de masas de los media. La geóloga Philippa Owins encontró vida autorreplicante en muestras de piedra arenista de 3000 metros bajo el fondo del mar, los nanobios que dieron paso al desarrollo nanobiotecnológico. Un nanómetro es una mil millonésima de centí­metro. Un nanobio mide entre 20 a 150 nanómetros. La anchura de un nanobio es tan sólo diez veces mayor que el grosor de una fibra de ADN.

 
La vida es una red de interrelaciones. Que el hombre no tome por seres vivos a los virus porque dependen de una célula que infectar para reproducirse o no tome al fuego por ser vivo por necesitar combustible para replicarse es como que una lechuga no considere un ser vivo al hombre por depender de la respiración de oxí­geno o del consumo de alimentos que contengan ADN.
La categorización antropocéntrica de la vida se puede notar, ya no en los dictámenes de la ciencia, sino en la gente común que en lenguaje coloquial toma a las plantas por cosas muertas o que a pájaros, peces y reptiles no llama animales y guarda esta categorí­a sólo para los mamí­feros ya que se parecen más al hombre.

 
A sociedades de seres vivos altamente organizadas como la colmena, el hormiguero o el termitero algunos biólogos han dado en llamarlas superorganismos. Pero no siempre estos insectos fueron sociales. De las abejas por ejemplo se tiene registro fosil hace 400 millones de años, sin embargo el primer registro fosil de insectos sociales es de hace 200 millones de años y corresponde a las termitas. Tampoco todas las hormigas llevan el mismo tipo de vida, las hay incluso nómadas. La civilización no está altamente organizada como un hormiguero, pero la irrupción del espectáculo cada vez más en nuestras vidas, el incremento de la popularidad de la psicologí­a y los avances tecnológicos facilmente podrí­an llegar a formar un patrón de normalidad organizada.

 
La civilización podrí­a ser un superorganismo en desarrollo y su principal forma de relacionarse con los demás organismos es la domesticación. La domesticación es un alto grado de control (ningún sistema de control absoluto es posible) ejercido sobre otras formas de vida para satisfacer sus necesidades. Así­, en la agricultura se controla la vida de las plantas desde la inseminación hasta la muerte, como también en la ganaderí­a o la avicultura, para satisfacer las necesidades de nutrición de sus células más importantes en esta face de su crecimiento: nosotros los humanos. En este sentido el superorganismo domesticador produce su propio alimento. Sin embargo también necesita petróleo y otras fuentas de energí­a para alimentar a otras celulas de importancia: las máquinas. Humanos y máquinas conformamos esta civilización que se asemeja a un cancer que estandariza el tejido vivo de la tierra. La domesticación atrofia a las formas de vida, las vuelve débiles. Milenios de domesticación pueden transformar a un depredador en un peluche que hace gracias por comida. Los humanos nos hemos domesticado sirviendo a una estructura que vive de la domesticación, nuestra existencia regulada a través del pensamiento simbólico usado en pos de un ideal de vida y no a por la vida misma, a punta de pistola. De impredecibles y juguetones que somos en la niñez, la domesticación nos vuelve predecibles y pálidos.

 
No se ha sabido de animales en estado salvaje que introducieran otros animales en las vaginas de sus hembras para producir un terror que volviera frágiles sus conciencias, así­ como tampoco de animales en estado salvaje que acepten a buenas y primeras cubrir sus miembros eréctiles con un forro de latex porque derrepente el sexo se ha convertido en algo peligroso y enfermizo. No diré más al respecto. Sólo que como anarquista me es más simpática la vida en su estado salvaje, ya que la domesticación es la relación de dominación más extrema que existe. La dominación suele darse en varias formas de vida, no así­ las jerarquí­as y la autoridad: el poder simbólico organizado para controlar a los individuos, si es necesario con la fuerza organizada y las armas. En la naturaleza salvaje podemos encontrarnos con seres como los bonobos que resuelven los brotes de dominación violenta a través de una sexualidad no reprimidad en forma alguna.
No creo que exista tal cosa como una naturaleza de las cosas, más bien existen leyes que buscan encadenar el flujo de la vida. Los guanacos para sobrevivir han decidido constituirse en familias formadas por un macho y hasta dieciseis hembras, los bonobos también han decidido su forma de relacionarse entre ellos y algunos humanos hemos decidido crearnos nuestra propia naturaleza domesticada a costa de la destrucción de nuestra salvaje naturaleza originaria.

 
La tierra es el ser vivos que alberga tanto las multiples formas de naturaleza salvaje como al superorganismo domesticador. “Algunos investigadores, como Thomas Gold, sostienen que nuestro propio planeta Tierra alberga una comunidad de microorganismos en activo bajo las profundidades de la corteza terrestre, que prolifera justo en los mismos dominios que los nanobios antes mencionados, hasta miles de metros de profundidad. Estos habitantes ocultos ocuparí­an los intersticios de las rocas profundas y cálidas, obteniendo su energí­a de la propia quí­mica de las rocas o de los gradientes térmicos producidos por el magma. Las estimaciones de Gold son que esta nueva biósfera de las profundides podrí­a ser, cuantitativamente, más importante que nuestra propia biósfera superficial, pudiendo llegar a tener una masa hasta diez veces superior a la masa de todos los organismos vivos que habitamos la superficie. Al fin y al cabo, estos intraterrestres ocuparí­an un volumen mucho mayor. Podrí­a ocurrir que los nanobios de Philippa sean la forma de vida más importante en nuestro planeta y, quizá, incluso, de todos los planetas” (1)

 
Es probable que la civilización no sea más que una enfermedad en la primera piel de la tierra. La tierra no se va a acabar por un mono que se creyó dios. La tierra se va a defender y va a continuar su camino, tal vez con secuelas, ni buenas ni malas, porque con el hombre se acaba el bien y el mal.

(1) Owen S. Wangensteen, Nanobios: La nueva frontera de la vida.

Propagalo!

Publicado el Miércoles 30 Mayo 2012 a las 2:47 pm
Deja tu comentario aqui abajo ▼

Usamos una licencia Creative Commons porque puede servir de algo.

Los contenidos de terceros son señalados respetando a su fuente.

Comentarios

Suscríbete al Boletín

Recibe en tu correo las noticias y articulos

Name
Email *
 

Metiendo Ruido es un colectivo de contrainformación y agitación del Bio-Bio (Región Chilena) | 2010-2014 | Creative Commons | ®