Publicado el 13 Enero, 2014 a las 2:24 am

Incendios y sequia en la región chilena: tristes miserias del capital y su aparato técnico-industrial

incendio forestal

La región denominada chile se ha caracterizado en las últimas semanas por vivir una serie de incendios y procesos de sequia aguda, en uno de los años más calurosos y secos de los últimos tiempos.

Los medios, siempre con una mirada parcelada de los problemas, la cual no ahonda en causas profundas, han hablado de la acción de pirómanos (en el caso de los incendios forestales) y de mala gestión del recurso hídrico (en el caso de la sequia).

Lo cierto es que estos problemas no tienen que ver con la locura del pirómano de turno o la mala gestión del gobierno de ocasión. No son producto de la acción individual de algún loco amante del fuego o de las falencias de carácter técnico de los “expertos” del gobierno dedicados a administrar el agua. Sino que son producto de una problemática estructural, la cual consiste en el predominio de una visión que presenta nuestro mundo como una mega-maquina productora de mercancías. La explotación indiscriminada del recurso hídrico junto con el cambio climatológico derivado de la acción humana, así como las extensas plantaciones forestales que mantienen el flujo de madera para la economía mundial son las causas de esta catástrofe (porque debemos hablar de catástrofe, quizás un habitante de una mega-urbe como Santiago no sienta las consecuencias de forma directa, pero cuando a una persona que se le quema la casa, o un campesino se queda sin agua, podemos decir que efectivamente está frente a una catástrofe)

Otra falacia es denominar a estos sucesos como “problemáticas medioambientales” tratando de parcelar el entendimiento del problema. Lo cierto es que estos sucesos están totalmente relacionados, por ejemplo, con nuestra cultura y nuestra economía. Son también un problema político susceptible de ser utilizado a conveniencia. El ejemplo más claro de esto ocurrió durante años pasados cuando el ex-ministro del interior Rodrigo Hinzpeter utilizó los incendios forestales para criminalizar al pueblo mapuche como los artífices de estos siniestros.

Los incendios forestales, en realidad, no son “catástrofes medioambientales“, sino que responden a un modo de producción concreto que se sustenta en la mega-producción forestal. No es casualidad, entonces, que la zona mayormente afectada por los incendios sea la 8va región del Bio-bío, la misma que concentra el mayor volumen de plantación forestal de pino y eucalipto a nivel nacional. Si los incendios explotan aquí con mayor virulencia, no es por razones “medioambientales”, sino porque el ser humano ha transformado este territorio en una mega-fábrica de madera. Los incendios se producen por el específico modo de producción que sostiene al sistema capitalista global, ansioso de materia prima para la incesante producción de mercancías. Aquí no hay un problema “medioambiental”, hay un problema atravesado por la forma que tenemos de vivir y comprender nuestro entorno. El problema, en realidad, puede verse desde la óptica cultural, política y económica que tiene nuestra actual sociedad, es un problema global.

La globalidad e interconexión del problema puede verse fácilmente al analizar los dos problemas “ambientales” que vive la región chilena en estos momentos. Incendios y sequias están más unidos de lo que parece. Por un lado es evidente (a pesar de que la propaganda de los pacos y la CONAF digan que el responsable es el conductor imprudente que tiró una colilla de cigarro prendida por la ventana de su auto) que las mega-plantaciones forestales son las principales causantes de los incendios porque propician las condiciones perfectas para la propagación de los mismos. Por otro lado, también es cierto que estas plantaciones absorben cantidades importantes de recursos hídricos dejando la tierra seca por el ritmo frenético en que son plantadas. Al mismo tiempo, el agua se hace escaza por la demanda indiscriminada de la mega-mineria y otras faenas industriales (caso emblemático es el problema hídrico del Valle del Huasco). Es claro que la necesidad por sacar esas cantidades exorbitantes de cobre y ocupar toda esa agua, no responden a las necesidades de la población, sino a las necesidades de la economía global que necesita de ese material para la producción de millones de mercancías que luego circularan por todo el mundo (para finalmente terminar en la basura como la mayoría de las cosas que produce el capitalismo de obsolescencia programada y percibida). Lo que quiero decir es que los incendios y la sequia no son un problema aislado, están unidos entre sí, y también con el sistema global de producción a nivel mundial.

Los medios de comunicación y el espectáculo en general cumplen la función de parcelar nuestro entendimiento de los problemas y alejarnos de una crítica global y unitaria al sistema dominante. En los noticiarios se presentan las problemáticas por partes sin demostrar su vinculación. Una notica habla de los incendios, otra de la sequia, una tercera de los malos salarios, una cuarta de la mala atención del sistema de salud pública, etc. No decimos que estos problemas sean falsos, sino que el modo en que son presentados hace parecer que todos los problemas están separados, cuando en realidad son producto del mismo sistema obsesionado con la producción y la acumulación de capital. Los movimientos ciudadanistas y social-demócratas también refuerzan esta visión al luchar por problemas y exigir cosas de forma aislada: más ciclovias, menos abusos de las farmacias, más cuidado por el medio-ambiente, mayor sindicalización, etc.

Un ejemplo claro es la demanda por la nacionalización de los recursos naturales. Esta petición solo se centra en quién administra el mismo sistema depredador, el estado por una parte o las empresas por otra. El asunto va más allá de eso. No se trata sólo de quién es el dueño de los medios de producción y quién se lleva la ganancia de los mismos, sino de la propia lógica del sistema de producción. Lejos de ser una herramienta neutral, la mega-maquinaria industrial sirve a un modelo específico de entender la sociedad.

¿La sociedad revolucionaria se servirá acaso de la mismas maquinas de muerte para auto-sustentar su proyecto de liberación? ¿Nos apropiaremos de las mega-forestales o la mega-minería para seguir, ahora bajo nuestro control, destruyendo las condiciones materiales para nuestra existencia? Algo así sólo nos llevaría a la autogestión de nuestro propio exterminio como humanidad.
Insistimos en que la mega-maquinaria industrial no es una herramienta neutral, así como tampoco lo es el estado, no se trata sólo de quién dirige estas instituciones, sino de la lógica que se esconde tras su reproducción. En el caso del modelo industrial tenemos la promesa incesante y siempre inacabada del progreso técnico como salvador de la humanidad. En el caso del estado tenemos la necesidad supuestamente natural de la jerarquía y la concentración de poder para que una sociedad funcione.

La ruptura con estas verdades que se presentan como innegables es el primer paso para empezar a comprender la raíz de los problemas que nos aquejan, y dejar de centrarse en sus causas superficiales de forma aislada y separada, tal como las presenta el espectáculo. La construcción de una subjetividad antagónica por sobre las miradas conservadoras que postulan las visiones ciudadanistas, no es un capricho de “grupos radicalizados” o “puristas”, es una necesidad frente a un mundo que día a día agota sus capacidades para auto-sustentarse.

Un ejemplo claro de la radicalidad que contienen estas luchas contra la mega-maquina industrial y sus miserias fue lo acontecido en el poblado de Freirina, al norte de la región chilena. El ataque de un pueblo entero (incluyendo ofensivas con bombas molotov y dinamita) contra una mega-fabrica de producción de carne de cerdo (así como en contra de los cerdos de verde que envió el gobierno a reprimir), fue un suceso que desvela hasta qué punto se hace difícil compatibilizar el actual modelo de producción técnico-industrial con la vida de las comunidades. Llegado a este punto de contradicciones, nadie postuló en Freirina nacionalizar la fábrica, ni autogestionarla bajo control obrero, sino que la voz exigía simplemente cerrarla inmediatamente, y bajo la fuerza si era necesario.

La visión clásica de utilizar las fabricas como un arma de la comunidad, como postularon las teorías obreristas al comienzo de las luchas anticapitalistas (tanto anarquistas como marxistas), se ha complejizado frente a un modelo productivo hecho a la medida de los intereses de la acumulación de capital, y no de las necesidades reales de la humanidad. La demanda por la nacionalización de los recursos naturales no basta cuando la extracción de dichos recursos pone en jaque la existencia a largo plazo de la vida humana.

Estas críticas contra el modelo industrial y su lógica, insistimos, no son producto de una mirada “purista”, ni tampoco un arranque romántico por volver a la naturaleza (como anuncian los comerciales de una empresa que vende agua mineral embotellada). Quienes digan que es una crítica muy elevada para el “pueblo” no hacen sino desmerecer al mismo, ya que desconocen el impulso práctico que pueden tener las comunidades contra la maquina industrial, tal como lo demostró el poblado de Freirina. El asunto en concreto es que inevitablemente cada vez más comunidades se verán cara a cara con las consecuencias funestas del modelo de producción imperante, creer lo contrario es seguir prendiendo velas a las supuestas bondades del progreso, como también seguir difundiendo una crítica suave al sistema porque supuestamente la gente no está preparada para una crítica mayor. No se trata de una cuestión teórica que la gente debe entender, sino de una realidad práctica que ya están viviendo miles de personas en la región chilena, y que otras cientos de miles o millones vivirán en los próximos años y décadas cuando se agudicen las catástrofes derivadas de la fe ciega en el aparato técnico del capitalismo.

Esta crítica a la raíz del problema, al fondo de la mentalidad que hace funcionar a este sistema, no es un arranque de radicalidad teórica, es una necesidad para evitar que los incendios, la escases de agua y el olor a mierda de cerdo estén esperándonos, sin siquiera darnos cuenta, justo afuera de las puertas de nuestras casas.

Escrito por Magnicidio Espinoza

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Publicado el Lunes 13 Enero 2014 a las 2:24 am
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