Publicado el 19 Noviembre, 2014 a las 10:17 am

Ante la condena de la Machi Millaray Huichalaf Pradines: Carta al País Mapuche

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KIÑE:
De la Kallfümalen  del Pilmaiquen

Marimari monku che, pu püñen, pu choyün  ñi lof “Kallfüllanka”, mis amados hijos, mis futuros nietos y nietas, mis bisnietos, los  tataranietos que también nos verán en estas palabras:

Hoy al medio día, conversaba con mi querida amiga Debbie Guerra, primavera del año gregoriano 2014, año nuevo mapuche hace ya tiempo, sobre lo que me provocaba la vital angustia champurria diría yo, y en eso estábamos cuando ella me dice:-¿por qué no escribes columnas de opinión?, si  tu  don es  decir, podrías llegar a más gente…”
Luego recordé que ya lo había soñado hace unas noches, claro que lo soñé, por eso escribo ahora.

Mi pewma vino a mí, como tantas veces, barriendo toda duda en mi interior, sanando aquello resquebrajado y weküfeano,  que la diversidad epistémica, en la que seres como yo viven, hace por decir menos, sospechoso. Lo que algunos llaman “colonialismo “y “colonialidad”.

Soñé que un hombre lafkenche me daba mate en el mar y me preguntaba:-¿usted es la machi Pinda” Pichun”, la de las plumas suaves, la de las alas suaves?”…
Pensaba y reflexionaba mi pewma y sólo hasta esta tarde, en las palabras de mi ñaña  Debbie pude comprender.

Debo decir, porque ese es mi mandato, más allá del rol que me han heredado mis extraviadas abuelas machi, vapuleadas y denostadas, una y otra vez,  por el sintomático “mapuchómetro” contemporáneo, porque mi apellido “Pinda”(picaflor, decir), no está escrito ni en crónicas de guerra ni en memorias de grandes caciques, por lo que  no puedo jactarme ni justificarme en  mi linaje celeste, tal vez  en la poesía, y porque soy una machi champurria, a mala honra, sólo mapuche de madre, lo que ya me hace “ambigua”; y más aún, poeta y profesora, “machi escueliá” como dicen las papa , una anomalía, algo raro e indefinido.

A pesar de mí misma, debo decir, porque si no “me atoro “y finalmente lo único que tengo, lo único que soy, y el único tuwün y küpan posible para los  seres como yo, es la palabra.
Soy la machi Pinda “Pichun” y mi boca, la pichana del colibrí, es mi pluma destellante, mi única herencia y mi don.

Entonces ahora comienzo a decir:

A propósito de la  aberrante y vergonzosa condena, a la machi Millaray Huichalaf Pradines, por el Tribunal oral de Valdivia en estos días “terribles”:

Algunas veces las palabras se las come el cuerpo de una, y una se queda muda por largo tiempo, muda de asombro, muda de terror, muda de éxtasis, muda de indiferencia, muda de soledad.

La soledad de quien no tiene ya con quien hablar, porque todos se han ido, o porque las lenguas se han ido a buscar sus aguas represadas, o los bosques se esconden entre los pinos y eucaliptus, o los kuluz desaparecen porque las mineras les agujerean el minu mapu para saquear el oro, el cobre, el carbón y todo lo que sea posible de vender y lucrar.
Porque aquellos que se han atrevido, a parase de frente al mercado y sus monstruosos e intocables poderes, aquellos que siguen siendo parte profunda y poderosa de nuestra ñuke küstralwe, son acosados, perseguidos, encarcelados, denostados, desgarrados, con el único fin de destruir la voluntad mapuche, apagar el soplo de nuestro pülye infinito en el Wallmapu.

Porque en definitiva, el neoliberalismo como ente depredador y trágico, se ha convertido en el Canillo aterrador, con el que todos hemos aprendido a convivir, a soportar, a despreciar, a engañar. El Canillo, que el agüelito con todo su poder, aún no ha logrado amarrar con sus siete cadenas.

La soledad no es sólo humana entonces, sino total, es la soledad del País Mapuche la que respira en nuestra vital angustia, la del mapuche  sangre azul, la del champurria agua con vinagre, la del yanakona hijo de yanakona, que busca redimirse, la de la kallku condenada y exiliada por su incomprensible poder; la del weichafe que sangra, la del plebeyo mapuche “mapurbe”,  la del witxanalwe, el gran visitante,  la de todos nosotros. La soledad inconmensurable del que se sabe parte y no dominador, de la que se reconoce madre y no usurpadora, la soledad del maestro de ceremonias al ver morir su lengua, la soledad de los perseguidos, de los niños y jóvenes mapuche asesinados, la soledad de los niños y niñas mapuche que se duermen con el susto pegado en el alma porque no saben si despertarán con una metralleta en los ojos o si volverán a ver a sus padres y abuelos; la soledad de las madres que perdieron a sus hijos, no puedo siquiera concebir que me mataran a uno de los míos. Aun cuando cada hijo mapuche asesinado es un hijo nuestro, un hijo de todas nosotras.

¿Puede usted, madre no mapuche, imaginarse siquiera, morir a uno de sus hijos y ser arrancado, brutal y absurdamente, de entre sus brazos, de entre sus pechos, de entre sus cantos, por el único hecho  de pensar, que el despojo y la opresión,  no son  la única forma  de vivir?

Imagino a la ñuke de Alex Lemun, a la madre de Matías Catrileo, de Mendoza Collío, de José Quintriqueo ahora nomás, las imagino a todas ustedes, pu ñaña, rasgando el aire con los ojos vacíos, y me pregunto si las otras madres las chilenas, las no tan chilenas, las no tan mapunche, las otras que no son ustedes, que no somos nosotras, podrán siquiera pensarse un solo minuto en su pérdida, podrán ponerse en ese lugar de muerte, en ese lugar de castración, en ese lugar de enunciación trágica e impensable, en ese lugar de resistencia y de infinitud, si por un solo segundo, pudiéramos ser esas madres, velando a nuestros muertos, invocando a las ballenas grandes madres del último viaje.

Y te imagino a ti, pequeña y poderosa Millaray, levantándote en medio de la oscuridad, ardiendo como relámpago en la desesperación de nuestros kuifikecheyem, y no puedo sostener tanta desolación.

Quizá es este uno de los problemas, pu lamuen, pu püñen, lo inimaginable que es ser el otro/ la otra, ese “manoseado, ajeno, lastimero o edulcorado otro”, ese que nunca quisiéramos ser.

La condición humana está en crisis abierta e inminente hace ya tiempo, y no sólo compete a los mapuche esta reflexión, porque toda la humanidad habita la tierra, porque esta gran crisis tiene que ver con preguntarse cómo ha sido posible, que lo humano se haya vuelto el devastador canillo que sopla su malignidad y su avaricia en el alma de la ñuke mapu para secar en ella toda vertiente posible, para rastrear los mínimos reductos de libertad y belleza, que aún permanecen a resguardo de las trasnacionales y del depredador Estado chileno, con el fin de infringir en ellos su potestad de muerte.

¿Cómo pudo ser que la ciudad de los césares, siga persiguiendo las almas de los seres humanos, enfermando y rompiendo el equilibrio precario en que vive toda la humanidad?, ¿cómo hemos podido, todos nosotros, permitirlo?

Hablo desde mi machi ngen, pero hablo también desde mi ngen zugun, desde la fuerza de la palabra mapuche, que más allá de su propio idioma incluso, sopla desde su pülye esas verdades, que no queremos escuchar, porque es más cómodo y menos doloroso, culpar siempre al otro de nuestras desdichas. Aleja la responsabilidad que nos cabe, alimenta la resignación.

La memoria de la que tanto se habla, no sólo iluminará la belleza y sabiduría de los ancestros, que aún viene a nosotros, creo yo, también debiera iluminar nuestros errores, y permitir vernos hacia adentro, cuánto hemos sido de aquello que abominamos, cuánto nos parecemos, muchas veces, al “mundo winka” que  tanto nos ha oprimido. Verse a uno mismo, verse a una misma, es la tarea más compleja, traspasar el velo del engañoso auto concepto, ser capaz de comprender que lo humano, en general, es siempre paradoja y crecimiento, el equilibrio entre lo oscuro y lo luminoso que somos, al fin y al cabo. Ninguna sociedad, ningún pueblo, ninguna cultura  se  libra de aquello. No existe el idilio y la inocencia pura, he ahí el único mito.

Con esto no quiero decir, que somos culpables de nuestro estado de opresión, que se entiendan mis palabras, porque el lenguaje y sus intrincamientos, han llevado a juicios y delirios colectivos sin ninguna fundamentación, más que la propia necesidad de auto eximirnos, y no me refiero sólo a los juicios estado/país mapuche, cuyos referentes, causas y fundamentos, están muy claros para todos nosotros.

Hace muchas lunas ya, que los pu lonko han avisado en pewma, que las autoridades ancestrales, lonko, machi, genpin, kona, serían perseguidos implacablemente, por el Estado chileno y los poderes con que éste copula: el mercado, los tribunales, los políticos, los medios de comunicación.

Sabemos que esta estrategia persecutoria ha sido muy bien pensada, porque nuestras autoridades mapuche son fundamentales a la hora de encontrar el sentido de nuestra lucha como Nación Mapuche. Por consiguiente, la condena de la machi Millaray Huichalaf Pradines responde a un solo propósito: quebrantar el movimiento histórico mapuche, matar el espíritu mapuche, cercenar todo atisbo de memoria colectiva y de posibilidad de reconstrucción de país mapuche, Wall mapu, libre y en proceso de auto determinación.

El mensaje velado es, de una manera o de otra, que cada mapuche que se atreva a no resignarse, a confrontar el neoliberalismo y sus meretrices, será perseguido, condenado y vejado.

Sin embargo, algo se olvida, algo que es voz antigua para nosotros que debemos recordarlo al país mapuche cada día, a la sociedad no mapuche, al estado y al mercado: “donde uno cae, diez se levantarán”.

Porque la condena a nuestros machi y lonko, es la condena a la ñuke mapu, la condena a la humanidad toda, ya que en definitiva, somos los pueblos originarios quienes hemos defendido la vida y la naturaleza sagrada por miles de años, y gracias a nuestros ancestros y ancestras, aún respiramos, aún vive el agua, el suelo vegetal, las semillas, el poder del aukinko. Y porque no sólo vivimos los mapunche, sino todos, es que pienso, que la generosidad de nuestra mapu que acoge a mapuche y winka por igual, ha de ser recordada, respetada y defendida por toda la humanidad.

Es que no existe otra posibilidad de sobrevivir  como che y como mapu en estos tiempos, en que Canillo anda suelto, y se ha apoderado de nuestros ríos, nuestras montañas, nuestros huertos, nuestro küstralwe, hasta de nuestras almas.

Pero quiero decirle Machi Millaray, que usted no ha caído, no, usted saldrá victoriosa, porque no se resignó, porque no está sola, y porque los pu lonko han hablado, y tarde  o temprano, se harán escuchar en todo el Wall mapu, de un modo o de otro.

El agüelito Huentellao volverá a encadenar el mal como ya lo hizo antes y entonces, nuestros ríos serán libres de nuevo para que no sólo nuestros hijos e hijas, sino todos los hijos y todas las hijas, puedan alimentarse de su kimün, beber sus aguas vivas, y allí dar gracias.

Volveremos a nacer una y otra vez, como siempre ha sido.

Wewaiñ wewaiñ monku fütakeche—

Wall mapu, llaskün pewün mo.

Escrito por Machi Adriana Paredes Pinda, del Lof “Kallfüllanka”, Riñinahue

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Publicado el Miércoles 19 Noviembre 2014 a las 10:17 am
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