Publicado el 12 Diciembre, 2014 a las 2:03 pm

La violencia política como necesidad histórica, entre el medio y el fetiche

el miedo

En algún lugar existen todavía pueblos y rebaños, pero no entre nosotros, hermanos míos: aquí hay Estados. El Estado es el más frío de todos los monstruos fríos. Es frío incluso cuando miente; y ésta es la mentira que se desliza de su boca: “Yo, el Estado, soy el pueblo”. F. Nietzche

El principal actor que ha performado la historia del terrorismo, es el ESTADO. No ha existido ninguna otra institución moderna que requiera tanto de la violencia como condición básica y estructural para poder gobernar. Así, el Estado se sirve y se recrea a si mismo a partir de esta violencia, la cual le va generando un dinamismo interno que es capaz de poner en movimiento y justificar toda su política de control, vigilancia y represión sobre los pueblos, situación recreada, sobre la cual se suma la propagación de una falsa ilusión, la del enemigo interno, que enmascara el verdadero doble conflicto sobre el cual esta parido este sistema: la lucha de clases y el sometimiento de prácticamente la totalidad del tiempo de la humanidad al trabajo asalariado.

Para asegurar la dominación efectiva de la inconmensurable masa de proletarios desprovistos de su tiempo y energía vital para alimentar el capital administrado por la clase dominante, el Estado instala públicamente la idea del enemigo interno1, en un doble juego donde obtiene excelentes réditos al presentarse como el dueño total del discurso de la seguridad pública y ocupando este mismo temor propagado para que actúe como agente aglutinador de una identidad fragmentada que se reúne en torno a una de las demandas ciudadanas más recurrentes en las campañas políticas ¡Queremos más seguridad!

Sin embargo, un análisis rápido de nuestra realidad actual revela que la violencia política pocas veces se ha desplegado desde las masas de explotados o en nombre de ellas como una constante dentro de las practicas históricas de los pueblos oprimidos, pero lamentablemente sí, de los poderosos y opresores, quienes además de contar con un inmenso bagaje de recursos y dinero, por sobre todo cuentan con un proyecto de clase definido en base a su acumulación de poder y riquezas. Y si bien dentro de sus posturas hay indistintamente un sinnúmero de diferencias políticas, estos tienen un objetivo claro que no se transa a la hora de defender sus privilegios, proporcionando a esta clase un proyecto “positivo” unificado. Condición que dista mucho de la realidad histórica de nuestro bando

En nuestra región, zona austral de Latinoamérica, la violencia política desplegada desde la izquierda ha sido siempre esporádica, puntual y sujeta a las eventualidades del momento. Tal vez se ha sostenido durante algunos breves periodos, empujada por las nefastas e insostenibles realidades que los pueblos han debido soportar, pero posteriormente se ha caracterizado por sufrir un extravío, todo hasta que revientan nuevas coyunturas sociales que sorprenden a la población sin ningún tipo de perspectiva para actuar sobre estos momentos.2

Si bien Chile quedó enfermo de dictadura una vez terminado el periodo del tirano, sumido en la sinergia del neoliberalismo y con un vinculo social corroído en extremo, hubo y aún hay grupos que pretenden subvertir los roles que nos gobiernan y de transformar de manera total la vida colonizada por la mercancía y el capital. Dentro de este escaso tiempo, 25 años para ser exactos, la violencia política volvió a extraviarse y el trasvasije de conocimientos subversivos acumulados por estxs compañerxs que combatieron a los órganos de la dictadura, y que contaban con la hermosa retaguardia del pueblo esperándolos en cada población, se perdió nuevamente en el espejismo de la ilusión democrática durante la primera mitad de la década de los 90, y salvo escasos vínculos generados individualmente o en base a pequeños colectivos, la comunidad volvió a desentenderse de la lucha cotidiana contra lo que nos explota y excluye.

Así, en un periodo muy breve de tiempo, es que se perdió una tradición de lucha sostenida, pero a su vez y gracias a la dialéctica con que opera la naturaleza de la historia, se recompusieron y posicionaron dentro del campo de la política popular, ideas que se sitúan más a la izquierda dentro del continuo que conforma el pensamiento crítico, ideas como el valor de la autonomía y la horizontalidad, formas necesarias para construir el poder popular o como se le quiera llamar, formas de construcción que rechazaban de plano el verticalismo leninista y la coercitiva institucionalidad burguesa. La anarquía, como matriz y campo fértil de ideas empapó a las nuevas generaciones que como siempre en nuestro bando, con más ganas que saberes, con más ímpetu que experiencia salió a la luz pública y comenzó a dar sus primeros alaridos en el terreno de la acción directa.

Desde los primeros bombazos registrados durante este siglo, se pueden mencionar los ocurridos en el año 2003, en donde los objetivos se fijaron en torno a los medios de comunicación de masas, tratando de inhabilitar las antenas de los canales de televisión apostadas en el cerro San Cristóbal de la ciudad de Santiago. De aquellos hechos probablemente pocos se acuerdan. El viraje posterior de este accionar no fue un golpe de timón ni una profesionalización del quehacer armado sobre el actuar de estos grupos sino que tan sólo un leve redireccionamiento de objetivos a atacar, en donde los supuestos “iconos” del capital pasaron a ser blancos preferentes. Operaciones que aún se mantienen más cerca de ser un acto estético-poético que una acción política de fuerza.

La acción directa requiere de manera esencial una argumentación profunda que le dé cuerpo a su actuar, pero por sobre todo de asumir la responsabilidad de hacer bien las cosas entendiéndolas como una exigencia histórica. En ese sentido y dentro del escenario actual, los hechos ocurridos en los últimos años sobre este campo hablan de una realidad que ha carecido de diálogo y debate y que más bien se ha vuelto un monólogo para reafirmar quién o quiénes son los verdaderos propietarios de la palabra anarquista

En Chile, pero particularmente en Santiago, los bombazos han girado casi por una década en la órbita de los cajeros automáticos y en menor medida de las iglesias, reviviendo una tradición anticlerical propia del anarquismo. Aquí surge un primer cuestionamiento: si el anarquismo aborrece la tradición y siempre está a favor de la ruptura y la disidencia ¿Por qué repetir y perpetuar eternamente un mismo método o un mismo objetivo? Aunque estas instituciones continúen hoy vigentes cabe preguntarse si estos métodos han dado los resultados esperados, y si es que en alguna medida se esperaban resultados favorables para nuestra clase y no una simple aventura riesgosa.

Ahora, después de una década insistiendo sobre este accionar, cabe preguntarse además ¿Qué se ha logrado con todo esto?. Para responder esa pregunta quizás se pueda mencionar el rediseño al cual se han visto obligadas las instituciones de seguridad del Estado y la banca privada en torno a la forma en que se distribuye el dinero, prueba de ello es la escasez de cajeros automáticos en funcionamiento en el país, lo que además ha generando conflictos entre la propia burguesía, así como entre la institucionalidad del Estado y la ciudadanía. Hoy no sólo hay problemas con la masa de consumidores insatisfechos, las entidades bancarias y grandes empresas también muestran signos de insatisfacción, exigiendo más seguridad y enviándole un claro mensaje al gobierno por su gestión en el tema. Un ejemplo es la política de la transnacional Walmart, quienes rigiéndose por las exigencias impuestas por el decreto 222 del Ministerio del Interior en base a las requerimientos de seguridad, han decidido suspender los dispensadores de dinero dentro de sus empresas hasta poder satisfacer los estándares impuestos por el Estado. Consultada al respecto, la firma explicó que “ante el aumento de ataques explosivos a cajeros automáticos, y dado que la institución financiera responsable de los dispensadores que operan en nuestros locales aún se encuentra reforzando sus medidas de seguridad, como empresa nos hemos visto obligados a su desconexión temporal, de manera de proteger a nuestros clientes, trabajadores y transeúntes de los efectos de la acción delictual” Del mismo modo las entidades financieras están enfrentando una serie de complicaciones referidas a los locales comerciales en los que están instalados los cajeros ya que los bancos mantienen contratos de arriendos en una serie de establecimientos, muchos de los cuales no han podido ser renovados por el temor de las empresas a sufrir robos o daños. Otro ejemplo ha sido la disposición de cajeros automáticos en Comisarías de la Región Metropolitana, lo que también ha sido criticado por los sectores derechistas de la RN y la UDI porque con ello se muestra “debilidad ante la delincuencia y el terrorismo”.

Sin embargo, este rediseño en la distribución de los cajeros tampoco se debe a los bombazos reivindicados por grupos anarquistas sino más bien al robo de gavetas de dinero, acciones llevadas a cabo por bandas sin fines políticos que a través del método del lazo y el oxicorte han contribuido a esta encrucijada en que se han visto envueltas las entidades bancarias y los organismos del Estado.

Ahora, si bien esta es claramente una dificultad por parte del mercado para resolver una de sus tantas vías de flujos de capital, y sometiendo el accionar a la crítica permanente que es el lugar desde donde debe emanar la praxis para que sea realmente revolucionaria, me parece que NO se ha logrado mucho más. Tal vez algunas voces hablen de la continuación que se le ha dado al accionar basado en esta necesidad histórica de ARMARSE como clase, o a la instalación de un discurso perdido en esta corta historia de transición, pero ¿Es realmente este actuar una contribución a la radicalización de las luchas de nuestra clase, o más bien una terrible fractura entre quienes no creen en las vanguardias pero actúan como si lo fueran y el grueso de la población que sufre bajo las misma condiciones de explotación que impone el sistema? ¿Por qué esta insistencia testaruda a perpetuar un método que sólo ha significado leves dolores de cabezas para los círculos económicos y de poder y por otra parte ha resultado en muertos y heridos de nuestro propio bando? ¿Por qué esa negación a la búsqueda de nuevas formas si la revolución no es más que eso?

De seguro nos hemos equivocado, ¡¡Y qué tanto!! Sabemos que “TODAS LAS REBELIONES SON AUTOCONTRADICTORIAS, Y EN ELLAS NO HAY PUREZA” (J. Holloway) Por eso en estas rebeliones debe existir un grado mayor de coherencia entre lo que hacemos y lo que este hacer genera en la sociedad. Si bien muchos de lxs compañerxs que han participado de este actuar durante esta década manejan la idea de que la clase como grupo social no existe, que está descompuesta y que es un término demasiado marxista para los verdaderos anarquistas, yo diría, frente a ese análisis ¡¡FALACIAS!! El divisionismo es parte de ese vicio que el capital ha instalado sobre nosotros, el individualismo es parte de esa misma degradación, “el concepto mismo de individuo es producto de la propagación del intercambio mercantil y el crecimiento de la sociedad capitalista. Pero el capitalismo no sólo produce al individuo sino que también rompe el nosotros-hacemos y rompe también el flujo del hacer social. Y si bien dentro de la construcción histórica del anarquismo la idea del individuo ha sido algo central debido a que “el anarquismo es un complejo de posicionamientos políticos basados en la centralidad del individuo” (C. Cavallieri) esta idea de individuo en nada niega el nosotros. Ya que la revolución, es la lucha colectiva por la autorrealización individual.

Seamos claros, O ESTA LUCHA SE EXTIENDE O NO ES NADA, y con esto no me refiero a que nuestro actuar debiese estar sobre pretensiones netamente cuantitativas, pero sí de una participación mayor que logre sensibilizar a nuestrxs propixs vecinxs y hermanxs. La acción directa entendida desde la violencia política, debe ser pensada como una invitación desde su propio hacer, como un espejo en el que se vea reflejada nuestra identidad como clase oprimida y en donde el reflejo de ese actuar cuente con más personas que las de lxs compañerxs que ejecutan la acción. Tal vez esta insistencia en repetir compulsivamente este actuar del “cuetazo” se deba, entre otras cosas, a que el anarquismo insurreccionalista requiere que lo contemplen y dentro de esa necesidad, ha caído en la juvenil histeria del ¡¡MIRENME!! Transformándose este accionar en objeto de culto por parte de quienes han llevado a cabo este quehacer, es decir en un fetiche.

Si bien la violencia política es una necesidad histórica para enfrentar a esta incansable e incesante búsqueda de la ganancia desmedida -el espíritu del capital- que está destruyendo las condiciones de vida sobre la Tierra, esta violencia debe estar estrechamente vinculada al malestar cotidiano que sufre la población en general. La mayoría de la gente siente dentro de su más honda intimidad la frustración que genera el robo de nuestro tiempo por parte del trabajo y más allá de la enajenación en que en mayor o menor medida nos encontramos sumidos, la gente no se opondrá a aquellas acciones que por más violenta que sean nos devuelvan, aunque sea en un gesto, esa dignidad secuestrada por el Estado y el capital.

Las acciones violentas deben ser capaces de explicarse por sí mismas, lo que significa que en el plano ideal de este actuar, debiesen pensarse sin la necesidad de decorar o explicar esa acción más allá que de su propio efecto, dejando así, idealmente, de lado el comunicado o declaración.

Si nuestras acciones estuviesen dentro de esta esfera, ¿Sería posible para el estado y sus órganos represivos o para los grupos fascistas que se puedan estar reactivando calcar nuestro accionar para desacreditarnos a través de sus atentados de bandera encubierta y así alejarnos aún más de nuestrxs hermanxs de clase, aislándonos por completo? Lo dudo seriamente.

Este que-hacer violento, requiere de acciones que empoderen a la población y que de algún modo inviten a la misma a pensar que la soberanía no es algo que se espere sino que se ejerce como derecho propio de los pueblos. Así mismo, nuestras acciones deben vislumbrar un propósito que al menos se manifieste en un objetivo entendible para la población y no en un actuar escindido del grupo social que nos contiene.

La burguesía se define en base a su propio proyecto de clases. NOSOTROS, debemos ser capaces de generar un relato común que unifique e incorpore nuestra total mayoría numérica como pieza clave dentro del campo de la disputa política y que así nos permita la liberación de la vida cotidiana y de los mandatos impuestos por esta nefasta ideología dominante.

1 Por citar sólo algunos ejemplos históricos específicos en que el Estado ha desarrollado y recurrido al terrorismo y los atentados de “falsa bandera” para mantener su orden sobre momentos históricos que le han sido desfavorables, es que podemos rememorar la Rusia “pre-revolucionaria” en donde la policía secreta zarista, conocida como la Ojrana, intuyendo el acercamiento de la revolución de 1905, hizo asesinar, el 28 de julio de 1904, nada menos que al ministro del Interior Plheve, y como esto no les pareció suficiente, hicieron asesinar poco después, el 17 de febrero de 1905, al gran duque Sergio, tío del zar, hombre muy influyente y jefe de la circunscripción militar de Moscú. Los atentados, perfectamente logrados, fueron decididos, ejecutados y reivindicados falsamente por la “Organización de combate” de los Socialistas-Revolucionarios. Sesenta años después, el Estado italiano aplicó la misma idea, bajo el auspicio de organizaciones como la CIA Y la OTAN (punta de lanza del bloque capitalista de occidente durante la guerra fría y la principal coalición de guerra operativa actualmente) desplegando lo que se conoció en la década del 90 como la estrategia de la tensión, con la cual logró desacreditar y desarticular al movimiento popular italiano que por esos años crecía con una inusual fuerza. Esta estrategia que se inauguró con el macabro atentado de Piazza Fontana de Milán en 1969 y que siguió con una campaña de acciones del mismo carácter durante varios años, logró su objetivo desmantelando una seguidilla de acciones revolucionarias que por ese entonces se propagaba por Italia

2 Cuando hablamos de perspectivas para actuar sobre estas explosiones sociales no nos referimos a apropiarse de los movimientos para controlarlos y dirigirlos, cosa que si pretenden las organizaciones clásicas como los partidos políticos dentro de los cuales tenemos al cáncer de la izquierda, el PC, y a otros actores que desde su nacimiento han sufrido una penosa reconversión interna que ha transcurrido desde la plataforma de ideas del anarquismo hasta la socialdemocracia o ese nefasto híbrido político llamado parlamentarismo libertario, como el FEL. A lo que nos referimos es que como militantes autónomos, de todos modos necesitamos de estas perspectivas para desenvolver nuestro quehacer con la orientación, conciencia y lucidez que requiere la coyuntura del momento.

 

Escrito por Galileo Gall

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Publicado el Viernes 12 Diciembre 2014 a las 2:03 pm
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