Publicado el 13 Marzo, 2015 a las 5:57 pm

Turismo industrial y consumo de lugares exóticos.

Texto de análisis acerca de la industria del turismo en el Estado español y periferias sur-europeas. Los paralelismos con la degradación ambiental que causa el turismo en América del Sur, en conjunto con las grandes transformaciones sociales que acarrea, nos instan a hacer un esfuerzo mayor por integrar esta crítica al conjunto de nocividades características de la economía capitalista.

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“El turismo es la libertad de los empleados para llevar el capital de un mercado a otro, la polinización del dinero”

Del poemario Mañana sin amo, de Juako Escaso
 

Viajar se ha convertido en esa mezcla bastarda de necesidad, derecho y premio que nos promete “cargar las pilas” y “desconectar” de la sofocante cotidianidad. Detrás de los anuncios de viajes asoma siempre la idea de que nuestro día a día es algo que bien merece una “escapada”, en una muestra de que el capitalismo es capaz incluso de rentabilizar la conciencia de que el mundo que ha creado es difícilmente soportable. Basta con ser ciudadanos documentados y trabajadores para ocupar una plaza en alguna de las lanzaderas del transporte moderno y aterrizar de forma rápida y confortable en cualquier oasis lejos de donde vivimos y trabajamos. Allí correrá el aire. Podremos, por fin, degustar cierta libertad individual y disfrutar de un sinfín de comodidades y cosas bonitas. Un afuera en el cual alimentar nuestro espíritu y gozar de experiencias intensas, olvidando inocentemente nuestras obligaciones. Con la sola condición, eso sí, de que al cierre de este higiénico paréntesis volvamos más frescos a la tensión del trabajo, a las responsabilidades de la máquina de la que formemos parte

Este discurso en torno al “viaje” se difunde masivamente tras la II Guerra Mundial y es entonces cuando la apuesta turística es estructurada a nivel global. El contexto de posguerra requiere abrir nuevos frentes económicos y muchos Estados -que en adelante serían del Bienestar- compran y venden la idea de viajar como fuente de ingresos y placer para sus contribuyentes. Es el momento de democratizar el viaje y de incorporar a las clases trabajadoras al gusto de “hacer turismo”, convirtiendo esta industria en un motor esencial de la globalización capitalista. El gigante despierta y toma cuerpo en una época marcada por la innovación técnica en los transportes, especialmente en el sector aeronáutico. A la cabeza, empresas de Europa occidental, Estados Unidos y, posteriormente, Japón, que convierten al Mediterráneo y al Caribe en las primeras piscinas del turismo internacional. Así, llamaremos “turismo industrial” a la forma que adopta el viaje cuando se realiza mediante el sistema de relaciones e infraestructuras que el Capital y los Estados han dispuesto para la explotación turística de lugares a escala mundial. Esto conlleva urbanizar los territorios, infraestructuras avanzadas de transporte para llegar a ellos, concentrar los servicios en torno a empresas especializadas, colocar a los destinos en los circuitos de agencias de viaje, y una oferta estructurada para satisfacer los deseos de los visitantes. En pocas palabras, la producción en cadena de ocio y viaje, así como el mercadeo de los aspectos materiales e inmateriales de los territorios turistizados.

Imaginamos que habrá gente “viajada” que no se sienta identificada con el turismo de masas ni con la idea de viaje apuntada al inicio. Nos pasa algo parecido, pero no nos interesa entrar en el manido y tramposo debate de turistas versus viajeros, ni profundizar en qué queremos de nuestros propios viajes. Lo que sí afirmamos es que si en algún momento hemos conseguido viajar, ha sido sobre todo cuando corríamos despavoridos huyendo del turismo industrial -y de sus huellas en nuestras propias actitudes y prácticas1.

Más lejos, ¡vayámonos más lejos!

En décadas más recientes, junto a esta idea de “viaje” abrazada por el turismo de masas, se ha venido promocionando todo el imaginario que sugiere lo exótico, hasta el punto de que no parece extraño desconocer nuestra comarca pero ser unos entusiastas de la cultura masái.

En este texto hablaremos de lugares exóticos como aquellos que desde una perspectiva occidental representan la lejanía y la alteridad, tanto geográfica como cultural y de paisaje. Nos referimos a territorios que principalmente se ubican en el Sur económico, con una marginal o muy reciente inserción en la sociedad industrial y donde predominan aún modos de vida rurales no tecnificados. Lugares cuyos habitantes jamás podrán devolver la visita a los turistas, a no ser que lo hagan como fuerza de trabajo migrante. Y lugares, también, por los que de vez en cuando hay que dejarse caer de vacaciones, para conocer otras culturas – mucho mejor cuanto más alejadas y diferentes a la propia-, y para no quedar excluido de cierto estatus como “personas de mundo”.

Personas de mundo y, al mismo tiempo, agentes colonizadores. No es casual que la industria comience a promocionar esta marca exótica de forma paralela al proceso de descolonización. La creciente intervención del capital transnacional y las políticas desarrollistas aplicadas por los organismos internacionales desde los 60’, continuaron en la práctica el mismo proyecto histórico del colonialismo, dando alcance a un número creciente de territorios dispuestos a ser convenientemente civilizados, modernizados y explotados.

Por otro lado, la consolidación en el mercado de este ingrediente exótico coincide además con las necesidades de un sector que ha pasado de modelos turísticos fordistas y a gran escala, a una diversificación y segmentación que pide nuevas rutas, ofertas personalizadas, paquetes sofisticados y alternativas a un modelo tradicional que con su tedio de masas generó también el deseo de novedad y distinción.

En este sentido, no existe una misma noción de lo exótico compartida por todos los turistas. Su invocación se da en muy diversos nichos del turismo industrial: etnoturismo, turismo rural comunitario, turismo espiritual, turismo humanitario, turismo sexual, ecoturismo, turismo de riesgo, turismo de la miseria, turismo curativo…2 Si bien todos ellos comparten esa pulsión por confrontarse con lo otro -con lo que está fuera y es extraño, diferente-, la actitud, los fines y la forma de esa confrontación tienen tantos matices que se requeriría más tiempo y espacio para adentrarse en el asunto. Por poner solo un ejemplo de esta diversidad, imaginemos por un lado a quien ve en lo exótico una oportunidad para cuestionar su propia epistemología y lograr “desnudar las certezas” 3, y a quien desea satisfacer el capricho de ser masajeado por manos indígenas mientras absorbe un daikiri en una playa paradisiaca.

En este texto hablaremos de cómo lo exótico engrasa la máquina turística, señalando las prácticas e ideas que transforman los lugares en mercancía, tasados por su valor de cambio y confeccionados para ser objetos de consumo. Nos centraremos en el lado de los visitantes, en sus motivaciones, discursos y acciones, describiendo también las consecuencias más visibles que esta forma de mercantilización tiene en los territorios y en la vida de sus pobladores.

La propaganda del paraíso

Permítanos (…) venderle este maravilloso “multidestino”. Usted podrá encontrar todo lo que ha soñado para sus vacaciones: hermosas y paradisiacas playas cubiertas de fina arena blanca, tocadas por el inconfundible mar turquesa del Caribe; (…) Áreas Naturales Protegidas, costeras, selváticas y marinas, lagunas, bosques y arrecifes de gran biodiversidad (…); un bosque tropical imaginariamente bien conservado, antes territorio de chicleros y otros montaraces (…). Una tierra de historias de piratas, aventuras y huellas de su presencia (…). Igualmente, podrá disfrutar de ciudades de historia colonial como Mérida, (…); arena, sol y sexo en Cancún (…); contacto con la naturaleza “virgen” Punta Herrero; experiencias espirituales y esotéricas en Tulum o contacto cultural en las innumerables localidades mayas selváticas que han emprendido sus propios proyectos eco-turísticos. Por supuesto, imposible dejar de mencionar el impresionante circuito de sitios arqueológicos encabezados por Chichen Itzá (…); las haciendas henequeneras convertidas en hoteles boutique; los parques temáticos o ecológicos como Xcaret o Xel Ha; las tradiciones culinarias de la región, los ritmos musicales y el carácter tropical de su gente, por ende alegres y sensuales para atenderle a usted4.

La publicidad, el discurso de las agencias de viaje y los contenidos de la industria cultural relacionada con el turismo5, han conseguido acercarnos al deseo de conocer lugares y países de los que apenas habíamos oído hablar y que de la noche a la mañana se convierten en tendencia mundial. Lo que se sabe en la calle sobre ciertas regiones viene mediado exclusivamente por estos mensajes publicitarios, y tal vez por alguna propaganda de ONG6, pues ni siquiera aparecen en las noticias de los medios de masas. El desconocimiento de la vida de la gente o de la situación política suele ser absoluto. Se trata, al fin y al cabo, de una serie de jardines coloniales a los que realizar agradables visitas, llevar la civilización y el desarrollo, y prestar una atención “humanitaria” en momentos puntuales.

Una estrategia importante de esta publicidad desplegada por los Estados y las empresas se basa en que el turismo es ese “placer inocente en el que todos ganan”7. Esta idea fuerza ha logrado convencer a las clases turistas y a gran parte de las poblaciones anfitrionas de que, a diferencia de otros sectores, se trata de una industria sin humos, muy amiga del medio ambiente, sostenible, generadora de riqueza y empleo, y una encantadora vía para el enriquecimiento cultural mutuo y la revitalización de las identidades locales. Nos dicen, en resumen, que es una actividad beneficiosa para todos los que entran en juego, sobre todo y precisamente para aquellas regiones que el etnocentrismo capitalista considera “menos desarrolladas”, que es donde se suelen ubicar estos destinos exóticos.

¿Cómo se ha conseguido esta aceptación social? Una de las causas es la menor visibilidad de los impactos directos del modo de producción, en comparación, por ejemplo, con la imagen de una fábrica que contamina aires, suelos y ríos. Esto se debe a que la industria turística es en sí un sistema compuesto por multitud de procesos deslocalizados, cuyas ramificaciones se extienden a la práctica totalidad de la sociedad industrial, desde la fabricación de los aviones que desplazarán a los turistas (dependientes a su vez de la industria del petróleo), pasando por el sector de la construcción y la especulación inmobiliaria, hasta llegar en sí a la producción de todas las cosas y servicios que los propios turistas usarán en sus destinos. Por otra parte, la imposición capitalista a escala mundial de las ideas de progreso, crecimiento y desarrollo, identifica a las regiones no insertas en esa lógica como eriales subdesarrollados o poco y mal civilizados8, que deben ser modernizados y ubicados por fin en la distribución productiva y funcional del capitalismo global9. Por el contrario, y como iremos viendo, esta inocente industria oculta sistemáticamente una nocividad que se deja ver a poco que miremos entre los pliegues de ese “desarrollo” que defiende con tanto orgullo.

Gente perdida buscando algo que esté vivo

Está bastante extendida esa idea de viajar muy lejos para “encontrarse a uno mismo”. Es curioso que aunque uno se haya perdido en alguna megalópolis occidental, un día se pone en marcha y va a buscarse a un hostal de mochileros de un poblado nepalí. La industria del turismo está siempre disponible para ayudar a sus clientes a buscar o construir su propia identidad, o incluso a sentirse más humanos. Se diría que salir de ese hostal y observar a gentes que de alguna forma tratan de conservar su cultura y modo de vida, ayuda al turista en esa “búsqueda parasitaria de las cosas perdidas”10. ¿Qué son esas cosas perdidas? Parece razonable pensar que se trata, por ejemplo, de una nostalgia ancestral de las condiciones de existencia arrebatadas históricamente por el capitalismo, de la autonomía que alguna una vez pudieron tener las comunidades para decidir cómo vivir, de la capacidad de entenderse con el entorno natural, y de una cultura propia que aún no habría sido aniquilada y sustituida por la homogeneización occidental y el triunfo de la mercancía. Se diría también que el contacto con estos elementos primordiales da la oportunidad al visitante de acercarse más a sí mismo (¿a su condición humana?), aprovechando paradójicamente que ahora está en un lugar “poco civilizado”, lejos de la “sociedad avanzada” en la que se habría extraviado.

Estos turistas bienintencionados no viajan para civilizar a los nativos ni para convertirlos (tal vez no son conscientes de que su visita, y la de miles como ellos, está de hecho transformando el lugar y provocando efectos no buscados), “sino para dar a los nativos la oportunidad de convertirlos a ellos”11. En este sentido, la industria turística ha aprovechado también cierto ámbito “altermundialista”, ese lado universalista, bonachón y preocupado de la globalización capitalista, incorporando como clientes a algunos integrantes de movimientos sociales que desean enriquecer sus posturas críticas con la adquisición de auténtica ropa étnica. De alguna manera, el candor e ingenuidad de algunos de estos visitantes es solo comparable a la bondad ideal que se atribuye a los indígenas a partir del “mito del buen salvaje”, tan presente en las ilusiones de muchos aficionados al etnoturismo12.

Por otro lado, nos parece que algunos turistas también alimentan su identidad por medio de la acumulación de lugares, a modo de medallas que puntuaran en el estatus sociocultural del viajero. Heredando tal vez cierto espíritu ilustrado de acumulación enciclopédica13, el turista se lleva el lugar como parte de su capital simbólico, para mostrarlo a su vuelta a la civilización como insignia con la que distinguirse.

Cabría preguntarse si es necesario que los anfitriones se jueguen su identidad para que los visitantes alimenten la suya. Ocurre que los pueblos que han ido abandonando (o han sido empujados a abandonar) sus modos de vida tradicionales para dedicarse a los servicios turísticos, comienzan a generar su identidad colectiva no tanto por las prácticas y expresiones históricas del lugar, sino desde las expectativas y necesidades de los visitantes. Esto hace que los locales jueguen a identificarse con los papeles que la mirada turística les asigna, entrando de lleno en la mercantilización de su identidad y cultura, descontextualizada y sin historia viva, llegando incluso a inventar determinadas tradiciones para poder ofrecer un paquete más completo y atractivo a las operadoras turísticas14. En el mejor de los casos, cuando la identidad local es fuerte y está inmersa en un contexto cultural vivo, para que los turistas puedan comprender los símbolos, éstos serán simplificados, banalizados y descontextualizados. Y aunque esto no implica que los símbolos pierdan su significado real para la población local, parece razonable suponer que las nuevas generaciones los asimilarán cada vez más mediados por su representación turística.

Junto a todo lo “perdido” que se busca en estos viajes, encontramos también, íntimamente relacionado, los cantos a “lo auténtico”. Si hacemos el ejercicio de pensar en nuestros propios contextos, veremos que se suele decir que algo es “muy auténtico” en la medida en que está ausente o ha desertado de las dinámicas homogeneizadoras del cálculo capitalista, que sale de la norma y conecta con cierto aire que nos recuerda a épocas pasadas, manteniendo una personalidad única y cierta espontaneidad o naturalidad. Por eso, nos parece raro confiar en que encontraremos lo auténtico contratando un paquete comercial o siguiendo los circuitos trillados del espectáculo turístico. Pero aún así el viajero occidental parece enajenarse cuando está sumergido en la otredad; es capaz de creer que cualquier representación es una manifestación de lo auténtico, incluso habiendo pagado previamente por ella15.

En el discurso de la publicidad y las agencias de viaje encontramos a menudo este caramelo de la autenticidad: “viva experiencias auténticas en…”, “conozca la verdadera Amazonía”, “la auténtica cultura aymara”… Estas agencias suelen ofrecer visitas a comunidades indígenas y estancias breves en sus casas, en las que el visitante podrá vivir como ellos. Afirman siempre que tienen un conocimiento especializado y de primera mano del entorno y sus habitantes, e incluso tratan de distinguirse de otras agencias o circuitos a los que acusan de caer en la folclorización y el irrespeto a las culturas indígenas. Cuando el resto de agencias lanzan las mismas críticas, intuimos que se trata de una cualidad del sector en general, reflejo de una lucha interna por representar y definir “lo autentico”.

En realidad, la autenticidad de estas “convivencias” se parece demasiado a lo que podríamos encontrar si imaginamos un zoo humano. La particularidad de este zoo sería que visitantes y anfitriones están al mismo tiempo apresados y separados entre sí por la propia representación y por unas relaciones mediadas en todo momento por el dinero16. ¡Pero no importa! Los turistas parecen conformarse comprando esa mala traducción de las prácticas y cosmovisiones de la gente local, y aun en los momentos en los que la simulación es más obvia, tratan de ignorarla porque el valor de la experiencia lo encuentran en el mero hecho de estar allí y contarlo a su vuelta a casa -o, mucho mejor, verterlo en tiempo real en Facebook, a través de toda la gama de dispositivos y gadgets que los acompañan-. “Desde esta perspectiva, la experiencia turística se encuentra apuntalada en el mundo de la simulación, a través de una especie de engaño negociado por el propio turista (…), una experiencia artificial mediante la cual se reafirma la figura del turista como un enajenado”17.

El jardín de la naturaleza salvaje

La comunión con la naturaleza es otra de las ilusiones que anima a las clases turistas, compuestas en su mayor parte por urbanitas despojados de cualquier contacto directo con un entorno natural silvestre. Vemos en el impulso por catar esa “vida en la naturaleza” una de las señales que indican que el desierto que asumimos en nuestra vida en las ciudades no es más que una rendición. Lo vemos también en esas fotos de valles verdísimos, selvas misteriosas y playas solitarias que pueblan los fondos de escritorio de los ordenadores occidentales, a los que el oficinista de turno mira de a poco con ganas de saltar dentro para aparecer del otro lado.

Eso sí, la comunión con la naturaleza deberá efectuarse en breves dosis y con las convenientes medidas de seguridad, señalizaciones, calzado sofisticado, ropa de explorador y, a ser posible, en aquellos lugares en los que la incertidumbre sea anulada y no podamos convertirnos en pasto de animales de las más variadas dimensiones. La conciencia ambiental se liga al consumo y la naturaleza salvaje que tanto se convoca se convierte en un medioambiente museificado, un paisaje aséptico pero riquísimo para fotografiar y hacer descansar nuestra mirada en la belleza que supone la ausencia del ser humano.

Esto nos recuerda a las políticas de conservación asociadas al turismo, algo que no ocurre solo en las regiones de las que hablamos sino también en el estado español18. Porque lo que interesa es que los parques y reservas sean espacios naturales en los que ya no viva nadie, donde se haya borrado cualquier huella de una forma de vida humana en equilibrio con su entorno. Si bien la declaración de zonas protegidas ha servido a algunos pueblos indígenas como forma de defensa del territorio –por ejemplo, para frenar industrias extractivas o para salvaguardar lugares sagrados-, la gestión del medioambiente con fines turísticos significa en muchos casos el desplazamiento forzado de pobladores originarios, o la presión institucional y privada para que abandonen sus usos tradicionales del monte, ríos y bosques. Estas prácticas y saberes comunitarios están imbricados en los modos de vida locales y protegen el entorno desde tiempos inmemoriales. Y cuando no pueden ser instrumentalizados, son percibidos como amenaza por los consorcios de instituciones estatales y empresas que manejan el negocio del ecoturismo o el turismo de naturaleza. Una amenaza para las dos vertientes del negocio: por un lado, la explotación turística del medio natural; y por otro, la tecnificación y la industria de la conservación, con todo su séquito de expertos y maquinarias.

Así, los modos de vida locales van desapareciendo del medio natural, y en su lugar surgen cosas bien distintas. Como estar en la naturaleza puede resultar a la larga aburrido para el urbanita poco acostumbrado, y por tanto, poco rentable para las operadoras, se suele complementar con la venta de toda una serie de actividades que requieren más o menos esfuerzo físico, y que de forma poco ambiciosa relacionan con la idea de aventura. Ahí tenemos por ejemplo el canopy, el trecking, el rafting, el tiro con arco, el buceo, la aventura de subirse sobre otros animales (caballos, elefantes, camellos…), etc.

Los turistas conviven así con la contradicción de maravillarse y exaltar la naturaleza salvaje al tiempo que la industria del turismo siembra los territorios con las carreteras y hoteles que les permitirán fundirse estacionalmente con la vida natural. ¡Ah! Y no nos olvidamos de aquellos cuyo impulso de comunión llega al punto de cubrirse con la sangre de exóticos animales, esos aguerridos aficionados a la caza y la pesca, tanto mejor cuanto más furtiva y salvaje sea.

Esas islas de placer y poder

Allá donde se viaje, aunque para llegar al paraíso buscado haya que cruzar mar, tierra y aire por regiones remotas, uno se encuentra con miniaturas que reproducen la cadena de montaje del turismo de masas. Nos referimos a todo ese ocio y hedonismo que podemos encontrar en los asentamientos de sol y playa -algo que conocemos bien por aquí, desde que Fraga descorchó el desarrollismo turístico con su “Spain is different”-. Es decir, una oferta adaptada a las necesidades occidentales de descanso, sexo, marchita nocturna, gastronomía y demás formas de consumo. Si la sociedad industrial y su técnica son capaces de miniaturizar y transportar este mundo de consumo a lugares exóticos, ¿por qué desaprovechar la oportunidad de sustituir las moles de hormigón de Benidorm por una escenografía paradisiaca de palmeras y aguas cristalinas? La misma clientela, las clases medias y trabajadoras, podrán entonces aprovechar los modelos de bajo coste en el transporte aéreo, las ofertas “irrechazables” y el “todo incluido”, adornando así sus hábitos consumistas con parajes de ensueño, exóticos camareros y decorados tan vivos que palpitan.

Los programas de televisión que muestran a una juventud occidental desfasando en escenarios exóticos representan tan solo el lado marketiniano de una realidad bastante más cruda. Conforme van aumentando los puntos del planeta que se promocionan como templos de la fiesta internacional, cada vez más peregrinos con mochila están dispuestos por ejemplo a salir por Bali al igual que salen por cualquier zona de marcha de su ciudad. Pero sin duda pegarse una fiesta en alguna isla tailandesa es mucha más sugerente, aunque la música que bailen sea la misma que en Europa y Estados Unidos, beban los mismos combinados y se procuren subidones con las mismas sustancias clandestinas.

La reproducción cultural y de consumo occidental en los destinos no solo profundiza la aculturación de esos lugares, sino que replica automáticamente todas las nocividades asociadas. En esos pueblos lejanos se puede gozar prácticamente de todas las comodidades y servicios de la ciudad, en los restaurantes se puede pedir casi cualquier comida occidental, se pueden comprar todos los objetos y complementos que acompañan al turista, se puede salir a la esquina a comprar cocaína, etc. Y esto requiere como condiciones que se dé un fuerte proceso de urbanización junto a una explotación incesante de los recursos naturales. El gasto energético y la contaminación derivados del transporte y comercialización de bienes y servicios, así como la creación de redes de prostitución y narcotráfico, son también consecuencias de todo este proceso.

El sexo es uno de los centros de este hedonismo basado en el consumo, y otro de los principales reclamos para atraer a las clases turistas hacia las periferias del placer19, ofrecido principalmente en base a pará-metros masculinos, heterosexuales y ensalzadores de la juventud. El discurso publicitario juega con mitos y fantasías que intentan sensualizar el viaje y sexualizan de hecho a la gente local y a los propios lugares20. Aunque los turistas busquen el sexo también entre ellos mismos, es bien conocida la interiorización occidental de estereotipos y fantasías sexuales con las exóticas y exóticos pobladores nativos. Si a esto le agregamos el anonimato y la ausencia de responsabilidad en el trato con esos otros, la cosificación del sexo llega al punto de que turistas que rechazan participar de la prostitución en sus lugares de origen, acceden sin mayor problema a la explotación sexual comercial incluso de personas menores de edad.

Esto sucede en un clima de relaciones donde las clases turistas ostentan el poder objetivo que representa su dinero y donde perciben como inferiores a las culturas y pueblos de estos países llamados “menos avanzados”. Es repugnante ver cómo muchos visitantes occidentales se comportan de forma agresiva y dominante con los trabajadores locales “encargados de su bienestar”. Se sienten cómodos en su papel de representantes del poder colonial, como si todo les fuera debido y su mera presencia debiera ser agradecida. Y es que los viajes exóticos son para una buena parte de los turistas una oportunidad inigualable para acariciar el tipo de consumo de las clases adineradas, permitiéndose a precios más económicos lo que en sus lugares de origen son lujos. Así, estereotipos como el que define a algunos pueblos orientales como “alegres y serviciales”, son explotados con precisión para atraer a turistas excitados con la fantasía del poder, con la posibilidad de experimentar al amo que les gustaría ser.

Y claro, se crispan cuando su posición de poder no se acata como esperan, ya que su imitación del amo se desmorona y de improviso recuerdan que también siguen siendo siervos. Esto se aprecia, por ejemplo, en el mosqueo de un turista que percibe de un nativo algo que no sea agradecimiento o disposición servicial, lo que por defecto se interpreta como actitud desafiante. En cambio, solo cuando le conviene, el turista reclama un trato de igual a igual, algo que las propias relaciones turísticas niegan al nativo, al que se le impone la condición de siervo del siervo. Son bastante desagradables las típicas escenas en la que un occidental muy indignado relata a sus compa- ñeros cómo un descarado autóctono le ha intentado timar vendiéndole más caro un servicio por el hecho de ser extranjero, pasando por alto que el precio que está discutiendo es una quinta parte más barato que en su país de origen –aceptando de paso como normal la brutal desigualdad que implica-. O aquellas en las que vemos regatear de forma airada a un turista, y al hacer la conversión vemos que la cara desencajada se debe a céntimos de euro. Sin olvidar las frecuentes conversaciones sobre cómo encontrar los servicios más baratos, que suelen derivar en una especie de competición por ver quién es el viajero más listo y astuto, el más hábil en el regateo y el capaz de pagar los precios más miserables. Por último, parece razonable ver también en ciertas prácticas del turismo caritativo el reflejo biempensante del dominio, la escrupulosa generosidad del poderoso.

Mención aparte merecen los que son poderosos tanto aquí como allá. El turismo de lujo y residencial es un modelo acaparador por definición y en los últimos años se ha lanzado a la conquista salvaje de los territorios más lejanos. Los enclaves cerrados son su manifestación más obvia, por su capacidad de enseñorearse y destruir las áreas litorales, y por el régimen de apropiación que se da en muchos casos, al ser las fincas y espacios residenciales directamente adquiridos en propiedad por los visitantes. Toman la forma de complejos, urbanizaciones y hoteles fortificados y fuertemente vigilados, muchas veces privatizando grandes espacios que incluyen las playas y sus accesos. En esencia, son el punto condensado donde se cruzan el discurso del miedo y la acumulación de capital, búnkeres enfocados a la captura completa de los ingresos mediante la oferta exhaustiva de todo lo que los huéspedes puedan desear21. Ejemplo flagrante de exclusión y privatización, funcionan para su selecta clientela como “islas de orden y miedo en un océano de entropía y pobreza”22.

Las formas del saqueo

Primero hicimos Puerto Viejo y Cahuita, bajamos hasta Bocas del Toro y luego desde Portobelo con un velero nos hicimos las islas de los kuna y desembarcamos en Cartagena de Indias, y ya desde ahí hicimos blablablá…”.

Hemos oído mucho esto de hacer lugares, en boca de mochileros y de turistas profesionales, y nos parece una muestra de que visitar un lugar acaba siendo igual a marcarlo, acabarlo, consumirlo, y que una vez que está hecho, se puede continuar a por el siguiente. Es curioso, nos parece también que los turistas en realidad deshacen los lugares por los que pasan, y se deshacen de ellos al marcharse y llevarse los productos a los que han sido reducidos.

Este consumo de lugares puede verse como una suerte de canibalización23. Trata de revestirse de un carácter principalmente cultural, mediante la producción y consumo tanto de mercancías simbólicas a partir de representaciones de lo otro y los otros, como de paquetes de experiencias en los que se instrumentalizan signos, valores, sabores, paisajes, arquitectura, costumbres, etc.

Se da en dos direcciones que solo en apariencia pueden resultar contradictorias. Por un lado, algunas de las cualidades del lugar son hipertrofiadas cuando su atractivo es susceptible de ser explotado comercialmente. Tras el escaparate del turismo industrial, estas atracciones atraviesan el cristal como fetiches deformados y sobredimensionados, ocultando concienzudamente las condiciones y relaciones sociales que las producen. Por otro lado, se puede decir que las culturas y los lugares son jibarizados24, reducidos a su mínima expresión, a la escala del producto. Son descontextualizados, despojados de sus prácticas sociales, su experiencia histórica, su cotidianidad y su vida material e inmaterial. Se accede a estas representaciones como mercancía espectacular, de forma fragmentaria, estetizada y esencialista, y la mirada turística acaba por apropiarse de las culturas y la producción simbólica de las comunidades. Con el etnocentrismo que caracteriza a esta industria, se configuran así repertorios de pequeñas manifestaciones culturales aisladas, folclóricas, a modo de curiosos souvenirs que den cuenta de las artesanías, rarezas y particularidades de la especie humana, de las que se disfruta hasta que se regresa con un orgulloso alivio a la normalidad y la comodidad de los sofás occidentales.

Este dominio simbólico va de la mano del dominio material, del control de los territorios y sus recursos, transformando las relaciones sociales y diseñando a medida los sistemas de propiedad y la distribución del poder en los lugares. En la práctica, esto se realiza mediante diversas formas de desposesión y saqueo, consolidándose el marco típico del colonialismo: relaciones estructurales jerárquicas que mantienen a estos lugares periféricos en una situación de dependencia y explotación por parte de transnacionales y países industrializados.

Estos canalizan el flujo de turistas hacia las áreas de inversión, expatriando los beneficios y dejando a su paso el olor a tierra quemada. Los territorios son vendidos, o concesionados por el Estado a empresas privadas, dejando en manos de la industria los suelos, el agua, los ecosistemas. Tierras que eran comunales pasan a manos de complejos hoteleros. Terrenos dedicados al cultivo pasan a ser nodos de transporte y logística. El uso intensivo del agua se impone frente a las necesidades básicas de las comunidades. Los saberes locales, cuando no son explotados comercialmente, se desprecian. Se destruyen caminos, se asfalta la tierra. Donde antes había pequeños barcos pesqueros, ahora se pueden ver yates y embarcaciones de recreo. Los bienes de consumo básico se encarecen en los mercados locales. Sube también el precio del suelo y la especulación inmobiliaria desplaza a los pobladores locales. Las arcas públicas financian las infraestructuras25, los oligopolios hacen negocio.

El régimen laboral de la industria está marcado también por la explotación, y los ejemplos más visibles se dan en el sector de la construcción. Trabajadores en gran parte migrantes -y muchas veces sin papeles-, se emplean en condiciones de desprotección social, en ambientes insalubres y sin medidas de seguridad, dándose con frecuencia accidentes y enfermedades laborales. Trabajan con contratos precarios o sin contrato, bajos salarios y obstáculos para su sindicación. Al tiempo, las prácticas de subcontratación permiten al gran capital eludir su responsabilidad, evitando de paso que las míseras condiciones laborales y las eventuales muertes puedan salpicar a sus marcas y franquicias.

Los habitantes de los lugares turistizados pierden crecientemente el control de las economías locales, lo que conlleva menor autonomía y mayor dependencia de la industria. En el ámbito de la producción, se abandonan modos de vida tradicionales, y en el ámbito del consumo, se incorporan nuevos hábitos y los precios suben al ritmo del poder adquisitivo de los visitantes. En los casos en los que la industria se ha instalado por medio de un proceso de urbanización frenético, es donde se ve con más claridad cómo la población autóctona acaba siendo excluida, con el surgimiento de nuevas aglomeraciones urbanas y suburbios, privatización de tierras y caminos, y acceso desigual a los recursos. En contra de lo que plantea el discurso del desarrollo por medio del turismo, se trata de un modelo que provoca segregación espacial y económica, la formación y reproducción de clases, y el dominio de un capital que deja en las poblaciones locales solo unas migajas de los grandes beneficios que alcanza.

En ningún caso queremos ofrecer una imagen de los habitantes como meras víctimas pasivas que entregan ciegamente sus territorios a cambio de trabajos estacionales y de todos los impactos que venimos relatando. Tampoco negamos que estos pueblos sean conscientes de las relaciones de poder existentes, y que en muchos casos participen en la industria con cierta capacidad de decisión –otra cuestión sería entrar a valorar los límites de la misma-. Es obvio que esta participación se da en contextos de dominación, pero también de negociación, traducción, acuerdo y conflicto26.

En este sentido, haremos un breve apunte sobre los movimientos de resistencia en los territorios turistizados27. Son frecuentes por ejemplo las luchas laborales en el sector de la construcción de hoteles e infraestructuras, debido a las precarias condiciones que hemos mencionado. Existen también movimientos que reclaman una mayor participación en los ingresos generados, entrando en la disputa por el control de los recursos y tratando de ocupar puestos de dirección en los negocios. Y, por otro lado, están aquellas resistencias que pueden englobarse dentro de las luchas en defensa del territorio. Estas nos parecen muy interesantes porque atacan frontalmente los engranajes de la maquinaria turística, y porque pensamos que la emancipación y la autonomía no vendrán nunca de la participación en las estructuras y relaciones del turismo industrial. Estas luchas en defensa del territorio suelen ubicarse contra el uso industrial de la naturaleza y la mercantilización de los lugares, enfrentándose a los procesos de desposesión de la tierra y el agua, a las actividades extractivas, a la privatización de los bienes comunes, a la urbanización y, en definitiva, a un diseño territorial impuesto desde arriba que rompe con los usos económicos y culturales que se han dado a sí mismas las comunidades. Al tiempo, esta defensa del lugar constituye una respuesta social que integra en su propia práctica las luchas de reapropiación cultural, el fortalecimiento de la identidad y el empoderamiento necesario para decidir colectivamente cómo se quiere vivir en cada lugar.

La potencia de estas resistencias está aún por cristalizar y ello dependerá de la superación de algunas limitaciones y obstáculos. Entre ellos se encuentran la cooptación de autoridades, técnicos y empresas locales, así como la escasa coordinación de las distintas luchas y lugares, lo que redunda en su aislamiento, su carácter reactivo, y la reducción de su capacidad para alcanzar una visión de conjunto que permita enfrentarse radicalmente a las dinámicas estructurales de la industria. Asimismo, los movimientos sociales en los países de origen de los turistas –y el estado español es una muestra de esto-, aún no cuentan con una crítica y experiencia consolidadas contra la industria del turismo, lo que sí ocurre en mayor medida, por ejemplo, respecto a las transnacionales energéticas. Y esta misma carencia se da también en los propios países receptores de turistas, donde la crítica social no ha logrado hacer tambalear el mantra que los gobiernos mantienen en torno al turismo como clave del desarrollo y el crecimiento, algo que sus poblaciones parecen asumir desde el convencimiento o la resignación.

Hombres sin mundo errando por un mundo ya casi sin lugares28

El turismo de lo exótico representa uno de los últimos movimiento de la conquista y el consumo de lo otro por parte del Capital. La figura del turista viene así a complementar la ofensiva a territorios a los que antes sólo llegaban los misioneros, los antropólogos y las distintas avanzadillas coloniales de empresas y estados. Con el objetivo de hacer dinero y satisfacer los deseos y necesidades creadas de los turistas, la industria funciona como una máquina que produce espacios, significados y experiencias, reorganizando y transformando los lugares a veces hasta el punto de hacerlos desaparecer, despersonalizados, estandarizados y prácticamente intercambiables con enclaves turísticos de cualquier parte del mundo. Sin embargo, no pensamos que aquí sea correcto hablar de no-lugares29, por dos razones: en primer lugar, porque lo particular de la industria enfocada a destinos exóticos implica no sepultar las peculiaridades y “atractivos únicos” de los lugares habitados que promociona, ya que esto iría en contra de la mercantilización de la diferencia a la que aspira. Dicho de otro modo, convendrá siempre conservar la apariencia de cierta autenticidad e identidad, aunque solo sea en base a los rasgos distintivos de la población local que trabaja en las instalaciones turísticas. Y la segunda razón, y la más importante, es que al fin y al cabo siguen siendo espacios habitados, vividos, a pesar de que la gente local esté cada vez más excluida de la toma de decisiones.

Y esto nos lleva a algunas de las preguntas que esta publicación trata de hacerse. Por ejemplo: qué es un lugar, quién produce lugar y con qué fines, cómo son los lugares que querríamos vivir y cuáles son las ideas y prácticas que el Capital y el Estado ponen en marcha para reducirlos a la lógica de la mercancía y evitar que sus poblaciones gobiernen sus propias vidas.

El caso de los lugares exóticos nos parece significativo porque en ellos aún son visibles las huellas que en nuestra opinión pertenecerían a los lugares vivos. En el choque entre estos lugares y el mundo industrial capitalista se hacen visibles tanto las ideas y procesos que es necesario atacar, como aquellas formas de vida a defender. No queremos idealizar aquí un tipo de lugar o una época concreta, y tampoco dar a entender que estos lugares estén exentos de sus propias contradicciones. Pero esas huellas nos hacen pensar en gentes que controlan sus condiciones materiales de existencia, que disponen de la autonomía necesaria para decidir sobre su vida en colectivo, donde los bienes comunes no existen bajo su valor de cambio sino de uso, con culturas y saberes generados desde abajo, con una relación más rica y directa con el medio natural, y con la cordura suficiente para vivir sin acabar con su entorno. Todo esto es lo que viene a ser sustituido por la forma social propia del reino de la mercancía, y la producción de lugar que resulta de ello se cubre de brillos artificiales, escenografías, culturas fosilizadas, pérdida de autonomía y destrucción del territorio. Y son estas también las características de las ciudades de donde provienen la mayoría de los turistas, gentes despojadas hasta de su capacidad de imaginar que habría otras formas de vivir en sus propios lugares. Gentes que no han podido –o no han querido- romper con una organización capitalista basada en el aislamiento, en el consumo y en el dominio. Una organización a la que alimentan día a día aunque cada vez les pertenezca menos.

Estos hombres sin mundo30 compran pues su viaje en los catálogos del turismo, y no importa si realmente buscan otro mundo, o si buscan lo mismo de siempre disfrazado con nuevos colores y sabores, o si buscan sentirse gente aventurera pero bien servida. En cualquier caso, tendrán que hacer cínicos malabarismos mentales para que el viaje no se convierta en realidad en una experiencia atravesada en todo momento por la sensación de estar en un centro comercial, por la transformación en mercancía de todo lo que se pueda vivir. Llevarán consigo toda la maquinaria de la que algunos huyen y la instalarán allá donde lleguen, y ésta seguirá incansable arrasando con pueblos, culturas y montes. En su viaje difícilmente encontrarán relaciones entre iguales, y esos lugares otros que buscan estarán cada vez más perdidos, pues estarán domesticados, representados y atravesados por los códigos de barras de la dominación. Tal vez se pregunten entonces cómo es posible un viaje a lo otro cuando en realidad seguimos dentro de lo mismo, y si no será precisamente confrontando la dominación y saliéndonos como podremos por fin viajar a algún lugar, da igual si está en las antípodas o en nuestro propio barrio.

1Incluso en los instantes en los que uno se siente más “de viaje”, en lugares tan otros y casi extranjero de sí mismo, el castillito mental se desbarata si la gente del lugar nos identifica a priori como turistas, con toda la lógica de consumo que esto acarrea. Desde el otro lado, a muchos nos ha pasado que estando en nuestro lugar de origen nos hemos encontrado con alguien extranjero y -de forma mecánica y sin entablar ningún contacto- lo que hemos visto ha sido un turista, con los condicionantes que esto implique para cada cual.

2Esta enumeración no pretende ser exhaustiva ni funcionar como catálogo del turismo industrial. Tampoco está exenta de zonas de sombra, ya que estos turismos pueden darse también de forma no industrial. El ejemplo más claro sería el turismo comunitario, donde las comunidades controlan y gestionan los servicios turísticos. Sin embargo, la industria tiende actualmente a acaparar todas aquellas opciones que puedan escapar a sus dinámicas (por ejemplo, absorbiendo cada vez más las experiencias de turismo comunitario y ubicándolas dentro del conglomerado industrial del turismo rural). Por otro lado, no hablaremos en este artículo del llamado “turismo responsable”, que sería más bien una actitud que conlleva “buenas prácticas” enfocadas a reducir los impactos negativos del turismo. Pensamos que este concepto es ambiguo, porque remite a cosas diferentes dependiendo de quién lo utilice, y porque creemos que una responsabilidad real implicaría la no participación en la industria, y esto es algo que no se asegura en todas esas visiones y prácticas en torno al “turismo responsable”.

3Lo exótico no estaría bajo las palmeras, sino en lo impensado, una vía de resistencia y antagonismo contra lo propio, trazando formas nuevas y creando nuevos y posibles sujetos. Lo exótico no serían los objetos de la antropología, lo exótico sería la antropología. Fernández de Rota, A. (2009). Volver a lo exótico de nuevo. Tabula Rasa, nº 10. Colombia.

4Citado en López Santillán, A.A., y Marín Guardado, G., (2010) Turismo, capitalismo y producción de lo exótico: Una perspectiva crítica para el estudio de la mercantilización del espacio y la cultura. Relaciones, vol. XXXI, nº123. El colegio de Michoacán, México.

5Por ejemplo, los suplementos de viajes de los periódicos, los documentales y revistas de viajes, documentales turísticos sobre naturaleza, gastronomía, etc.

6Más allá de los casos de “crisis humanitarias” (hambrunas, desastres naturales, etc.), la tendencia de algunas ONG a mostrar una imagen positiva de las regiones donde intervienen ha contribuido a una idealización y estetización de las gentes y los lugares, lo que en muchas ocasiones hace que las fotografías que difunden sean intercambiables con las de las agencias turísticas, mostrando una alteridad alegre y despolitizada, desprovista de cualquier conflicto social.

7Blázquez, M. (2010). Lucrarse con el indio. Acumulación por desposesión del capital balear en Centroamérica y el Caribe. Revista Pueblos, Madrid.

8En relación a esto, nos parece importante señalar que los Estados criminalizan y estigmatizan a las poblaciones indígenas y campesinas que no quieren entregar sus territorios a cambio de entrar en el progreso, y al mismo tiempo promocionan turísticamente una identidad de país “por descubrir”, “virgen”, conectado con la naturaleza y las culturas ancestrales de esos mismos pueblos indígenas que en la práctica son negados sistemáticamente

9Un lema que condensa esta visión del progreso sería, por ejemplo, “por donde pasa la carretera, llega el desarrollo”, eslogan colonial reutilizado por la administración camerunesa para contribuir a la sedentarización de los Baka y su acantonamiento a lo largo de rutas. Citado en La folclorización de los pueblos, Aggé-Célestin Lomo, Ekintza Zuzena nº 39, 2012.

10Tourism encounters: Inter- and intra-cultural conflicts and the world’s largest industry, Mike Robinson, en Consuming tradition, manufacturing heritage: Global norms and urban forms in the age of tourism. Nezar AlSayyad, ed., Londres, Routledge, 2001. Citado en Antropología del turismo en países en desarrollo: análisis crítico de las culturas, poderes e identidades generados por el turismo, Noel B. Salazar, Universidad Colegio Mayor de Cundinamarca, 2006.

11Disponen de riquezas materiales, pero les falta alma, no encuentran el sentido de su mundo, y las agencias de turismo les prometen empoderamiento espiritual, rejuvenecimiento y un nuevo sentido del mundo, perdido para muchos. Santos-Granero, Fernando (2005). Las fronteras son creadas para ser transgredidas. Histórica XXIX.1 Vol. 1, Pontifica Universidad Católica del Perú, Lima.

12Paradójicamente, a veces hemos visto cómo estos turistas acaban sin querer tratando de cambiar a los locales, guiados por una especie de paternalismo que les lleva por ejemplo a enfadarse o sentirse defraudados cuando los nativos no quieren ser “nativos”, o cuando su comportamiento no es el que esperaban de un nativo, y entonces los turistas les regañan, como el padre que le dice al hijo que aún no debe hacer cosas de adultos.

13Las primeras guías de viaje son escritas por aristócratas y hombres de estado franceses del siglo XVIII, en las que listan, definen y acotan los lugares a conocer, identificando los hitos que hay que visitar e incluso lo que se debe preguntar en cada destino. Son estos finos espíritus ilustrados los que pavimentan y dirigen el camino que debe seguir el conocimiento y los viajes.

14En ocasiones, las identidades y las prácticas de los pobladores empiezan a sufrir procesos de desdoblamiento con la llegada del turismo creándose, por tanto, nuevas prácticas exclusivas para los turistas, a menudo en paralelo con las prácticas locales. Los indígenas yagua, de la Amazonía peruana, por ejemplo, con la llegada del turismo a zonas cercanas a sus territorios empezaron a construir dos tipos de cerbatanas, una de tamaño normal para su uso personal y otra más pequeña para el consumo turístico. Asimismo, las personas que empezaban a ofrecer como chamanes un servicio “espiritual” a los turistas, eran evitados por el poblador, que acudía a otros chamanes locales que no estaban al alcance del consumo turístico. Por otro lado, dentro de este proceso de creación de dos mundos paralelos, uno turístico y otro de uso local, uno de los desdoblamientos más significativo y visible sería el de la creación de dos precios, uno para los turistas y otro de menor cuantía para los pobladores locales.

15Durante una excursión contratada para recorrer el norte selvático de Tailandia, creímos que habíamos confraternizado a tal punto con los indígenas que nos acogían, que no nos sorprendió cuando uno de ellos nos llamó misteriosamente para que entrá- ramos en una cabaña y fumáramos con él una especie de opio local. En la primera ronda todo nos pareció camaradería, pero a continuación vimos cómo la invitación se transformaba y había que pasar por caja si se deseaba continuar. Al acabar el viaje comprobamos que ese “ritual” se repetía con todos los visitantes.

16Aunque aquí lo estamos utilizando como imagen, los zooló- gicos humanos han existido en distintas épocas, en un sentido totalmente literal. Su forma más desarrollada aparece en la primera mitad del siglo XIX, en paralelo al interés por los productos exóticos y a la creación de los nuevos imperios coloniales. Sin embargo, sus primeras huellas aparecen ya desde la conquista de América, con la exhibición de “indígenas primitivos” en las cortes de los reyes europeos. En internet se puede encontrar bastante información, incluyendo por ejemplo referencias a la gran sensación que produjo un grupo de ashantis en el Parque del Retiro madrileño en 1897, exhibidos por empresarios circenses como ejemplares zoológicos provenientes de las colonias (para esto ver http://www.elmundo.es/ladh/numero99/todo3.html, y para un primer acercamiento a esta práctica, http://es.wikipedia.org/ wiki/Zool%C3%B3gico_humano).

17López Santillán, A., y Marín Guardado, G., ya citado.

18“Y es así como el espíritu de la moderna conservación protege sobre todo la naturaleza deshabitada, espacio abstracto al que nadie podrá regresar si no es como visitante autorizado. La naturaleza intocable del Parque protegido se corresponde de manera exacta con el saqueo industrial y tecnológico del mundo vivo”. Los Amigos de Ludd (2009). Comunicado sobre el incendio de Guadalajara y los incendios en general. Antología de textos de Los Amigos de Ludd. Biblioteca Social Hermanos Quero, Granada.

19Concepto difundido por Turner y Ash en relación al turismo como expresión de desigualdad social y dominación cultural, en Turner, L; Ash, J (1991). La horda dorada: El turismo internacional y la periferia del placer. Endymion, Madrid.

20Es interesante mencionar el género exoticista de los bestsellers, donde se suelen mezclar historias de sexo y crimen en regiones del Sur, con protagonistas usualmente occidentales, y que funcionan como proyecciones imperiales, difusión de estereotipos y estigmatización de determinadas cualidades locales.

21Ver Blázquez, M., Cañada, E., Murray, I. (2011). Búnker playasol. Conflictos derivados de la construcción de enclaves de capital transnacional turístico español en el Caribe y Centroamérica, Revista Electrónica Scripta Nova. Universidad de Barcelona.

22Idea de José Manuel Naredo, citado en Blázquez, M (2010), ya citado.

23De Carvalho habla de canibalización estetizada, en donde un público cada vez mayor consume como mercancías las manifestaciones culturales de grupos étnicos o raciales entendidos como culturas exóticas y apartadas. De Carvalho, J (2004). Las tradiciones musicales afroamericanas: de bienes comunitarios a fetiches transnacionales. Utopía para los Excluidos. El multiculturalismo de África y América Latina (Jaime Arocha). Facultad de Ciencias Humanas UN Colección CES, Bogotá, Colombia.

24Esta metáfora de la jibarización, que evoca a la práctica ancestral de los pueblos amazónicos “jíbaros” de reducir las cabezas de sus adversarios tras vencerles, es en sí misma una jibarización de la cultura de estos pueblos, reducida de forma popular a esta característica de su tradición. Además de que la palabra “jíbaros” es una denominación colonial, el sentido actual de “jibarizar” es también una reducción o tergiversación de la práctica de la reducción de cabezas. La tsantsa, que consiste en miniaturizar el rostro del enemigo conservando todas sus características, implicaba un profundo respeto al enemigo muerto, del que se pretendía obtener su poder, e implicaba una relación privilegiada de guerra, dado que solo se practicaba entre grupos dialectales jíbaro, excluyendo a los demás grupos etnolingüísticos que les rodeaban. Algo completamente diferente a la reducción por simplificación, o dicho de otra forma, la caricaturización, que en cierta manera neutraliza o acaba con ese poder. Parece fácil relacionar el turismo con esta última forma de reducción.

25Bajo la promesa de recibir inversión extranjera y con la intención de paliar su deuda externa, los estados empobrecidos están “dispuestos a gastar sus pocos recursos, la ayuda al desarrollo e incluso a endeudarse, para construir las infraestructuras de acogida”, como “aeropuertos y puertos internacionales, autopistas, abastecimiento de agua, energía, represión policial y militar para fortificar los enclaves turísticos, e incluso la construcción de los propios hoteles”. Blázquez, M., Cañada, E., Murray, I. (2011), ya citado.

26Para no caer en ciertos discursos victimistas que incapacitan a las comunidades, siempre es bueno hacer el ejercicio de pensarnos a nosotros mismos en nuestros propios contextos, conviviendo (o malviviendo) con ese montón de miseria que negociamos mecánicamente al continuar bajo el dominio del Estado y las relaciones capitalistas, aunque dentro de nosotros tengamos clarí- simo lo que desearíamos destruir para siempre. Entre las razones que llevan a algunas comunidades a entrar en el circuito turístico, está la percepción de que supone un dinero fácil en comparación con otras actividades, la idea de que por ese medio se logrará la supervivencia económica y cultural, e incluso una forma de evitar males mayores, como podrían ser las industrias extractivas.

27Nos referimos aquí a resistencias “activas”, no a aquellas que pueden suponer un obstáculo al turismo y que tienen que ver con particularidades culturales de los pueblos (formas de relacionarse, idioma, comida, geografía, etc.) que son en sí mismas refractarias a las actividades turísticas. Para ejemplos de algunas resistencias “activas”, se pueden consultar varios artículos en la web de Alba Sud, así como Bláquez, M., Cañada, E., y Murray. I., ya citados.

2828 “La gran paradoja del turismo de masas consiste precisamente en que el turista está condenado de antemano a descubrir que todos los lugares que visite son idénticos en su diversidad…unos hombres sin mundo errando por un mundo ya casi sin lugares”. Barbata, C. Tourismus macht frei (2012). Ekintza Zuzena, nº 39.

29En el sentido de Augé, espacios de tránsito, circunstanciales, sin identidad, etc. Augé, M. (1993). Los no lugares: espacios del anonimato. Una antropología de la sobremodernidad. Gedisa, Barcelona.

30“<Hombres sin mundo> eran y son quienes están obligados a vivir dentro de un mundo que no es el suyo; dentro de un mundo, que, a pesar de estar producido y mantenido en movimiento por ellos con su trabajo cotidiano, (…) no está ahí para ellos; dentro de un mundo, para el que ellos han sido pensados, utilizados y están ahí, pero cuyos estándares, aspiraciones, lenguaje y gusto no son los suyos, no les están permitidos”, en Anders, G. (2007). Hombre sin mundo. Pre-Textos, Valencia.

Escrito por colectivo/fanzine MALPAIS. Madrid.

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Publicado el Viernes 13 Marzo 2015 a las 5:57 pm
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